Bien sé que a los ojos de vuecelencia es más endemoniado el autor que el sujeto. Si lo fuere también el discurso, habré dado lo que se esperaba de mis pocas letras, que, amparadas como de dueño de vuecelencia y su grandeza, despreciarán cualquier temor. Ofrézcole este discurso del Alguacil alguacilado: recíbale vuecelencia con la humanidad que me hace merced, así yo vea en su casa la sucesión que tanta nobleza y méritos piden.

Esté advertido vuecelencia que los seis géneros de demonios que cuentan los supersticiosos y los hechiceros, los cuales por esta orden divide Psello en el capítulo 2.º del Libro de los demonios[79], son los mismos que las órdenes en que se distribuyen los alguaciles malos. Los primeros llaman leliureones, que quiere decir ígneos; los segundos, aéreos; los terceros, terrenos; los cuartos, acuátiles; los quintos, subterráneos; los sextos, lucífugos, que huyen de la luz. Los ígneos son los criminales, que, a sangre y a fuego, persiguen los hombres. Los aéreos son los soplones, que dan viento. Ácueos son los porteros, que prenden por si vació o no vació sin decir agua va, fuera de tiempo, y, son ácueos, con ser casi todos borrachos y vinosos. Terrenos son los civiles que a puras comisiones y ejecuciones destruyen la tierra. Lucífugos, los rondadores, que huyen de la luz, debiendo la luz huir dellos. Los subterráneos, que están debajo de tierra, son los escudriñadores de vidas y fiscales de honras y levantadores de falsos testimonios, que debajo de tierra sacan qué acusar y andan siempre desenterrando los muertos y enterrando los vivos.

NOTAS:

[79] Ex Michale Psello de Daemonibus, interpres Marsillius Fecinus. Venetiis, M.D.XVI. El ejemplar que hemos tenido a la vista, de la biblioteca de San Isidro, se ve apostillado, acaso por Quevedo. La letra se parece a la de sus juveniles años.

AL PÍO LECTOR

Y si fueres cruel, y no pío, perdona. Que este epíteto natural del pollo has heredado de Eneas[80], de quien desciendes. Y en agradecimiento de que te hago cortesía en no llamarte benigno lector, advierte que hay tres géneros de hombres en el mundo. Los unos que, por hallarse ignorantes, no escriben, y éstos merecen disculpa por haber callado y alabanza por haberse conocido. Otros, que no comunican lo que saben; a éstos se les ha de tener lástima de la condición y envidia del ingenio, pidiendo a Dios que les perdone lo pasado y les enmiende lo por venir. Los últimos no escriben de miedo de las malas lenguas; éstos merecen reprensión, pues, si la obra llega a manos de hombres sabios, no saben decir mal de nadie; si de ignorantes, ¿cómo pueden decir mal, sabiendo que si lo dicen de lo malo lo dicen de sí mismos? Y si del bueno, no importa, que ya saben todos que no lo entienden. Esta razón me animó a escribir el Sueño de las calaveras y me permitió osadía para publicar este discurso. Si le quieres leer, léele, y si no, déjale, que no hay pena para quien no le leyere. Si le empezares a leer y te enfadare, en tu mano está con que tenga fin donde te fuere enfadoso. Sólo he querido advertirte en la primera hoja que este papel es sólo una reprensión de malos ministros de justicia, guardando el decoro que se debe a muchos, que hay loables por virtud y nobleza, poniendo todo lo que en él hay debajo la corrección de la Iglesia romana y ministros de buenas costumbres.

NOTAS: