[80] Eneas, a quien Virgilio apoda siempre pío, pius, por haber cumplido con la religión y deberes que debía a sus antepasados, trayendo a tanta costa suya, hasta Italia, sus venerandas cenizas. Que tal fué el valor de pius. De quien desciendes, por el mocosuena del pío, calificativo que suele darse al lector en los prólogos.

DISCURSO

Fué el caso que entré en San Pedro a buscar al licenciado Calabrés, hombre de bonete de tres altos[81], hecho a modo de medio celemín, ojos de espulgo[82], vivos y bulliciosos, puños de Corinto, asomo de camisa por cuello, mangas en escaramuza y calados de rasgones, los brazos en jarra y las manos en garfio[83]. Habla entre penitente y diciplinante, los ojos bajos y los pensamientos tiples; la color, a partes hendida y a partes quebrada, muy tardón[84] en las respuestas y abreviador en la mesa; gran lanzador de espíritus, tanto, que sustentaba el cuerpo con ellos[85]. Entendíasele de ensalmar, haciendo al bendecir unas cruces mayores que las de los malcasados. Hacía del desaliño humildad[86], contaba visiones, y, si se descuidaban a creerle, hacía milagros que me cansó.

Éste, señor, era uno de los sepulcros hermosos, por de fuera blanqueados y llenos de molduras, y por de dentro pudrición y gusanos; fingiendo en lo exterior honestidad, siendo en lo interior del alma disoluto y de muy ancha y rasgada conciencia. Era, en buen romance, hipócrita, embeleco vivo, mentira con alma y fábula con voz. Halléle solo[87] con un hombre, que, atadas las manos y suelta la lengua, descompuestamente daba voces con frenéticos movimientos.

—¿Qué es esto?—le pregunté espantado.

Respondióme:

—Un hombre endemoniado.

Y, al punto, el espíritu respondió: