—No es hombre, sino alguacil. Mirad cómo habláis, que en la pregunta del uno y en la respuesta del otro se ve que sabéis poco. Y se ha de advertir que los diablos en los alguaciles estamos por fuerza y de mala gana, por lo cual, si queréis acertarme, debéis llamarme a mí demonio enaguacilado, y no a éste alguacil endemoniado, y avenisos mejor los hombres con nosotros que con ellos, si bien nuestra cárcel es peor, nuestro agarro, perdurable[88]. Verdugos y alguaciles malos parece que tenemos un mismo oficio, pues, bien mirado, nosotros procuramos condenar y los alguaciles también; nosotros, que haya vicios y pecados en el mundo, y los alguaciles lo desean y procuran, al parecer, con más ahinco, porque ellos lo han menester para su sustento y nosotros para nuestra compañía. Y es mucho más de culpar este oficio en los alguaciles que en nosotros, pues ellos hacen mal a hombres como ellos y a los de su género, y nosotros no[89]. Fuera desto, los demonios lo fuimos por querer ser como Dios, y los alguaciles son alguaciles por querer ser menos que todos[90]. Persuádete que alguaciles y nosotros somos de una profesión, sino que ellos son diablos con varilla, como cohetes, y nosotros alguaciles sin vara, que hacemos áspera vida en el infierno[91].
Admiráronme las sutilezas del diablo. Enojóse Calabrés, revolvió sus conjuros, quísole enmudecer, y no pudo, y al echarle agua bendita comenzó a huir y a dar voces, diciendo:
—Clérigo, cata que no hace estos sentimientos el alguacil por la parte de bendita, sino por ser agua. No hay cosa que tanto aborrezca, pues si en su nombre se llama alguacil, es encajada una l en medio[92]. Yo no traigo corchetes[93] ni soplones ni escribanito. Quítenme la tara[94] como al carbón y hágase la cuenta entre mí y el agarrador. Y porque acabéis de conocer quién son y cuán poco tienen de cristianos, advertid que de pocos nombres que del tiempo de los moros quedaron en España, llamándose ellos merinos[95], le han dejado por llamarse alguaciles. Que alguacil es palabra morisca. Y hacen bien, que conviene el nombre con la vida y ella con sus hechos.
—Eso es muy insolente cosa oírlo—dijo furioso mi licenciado—, y, si le damos licencia a este enredador, dirá otras mil bellaquerías y mucho mal de la justicia, porque corrige el mundo y le quita con su temor y diligencia las almas que tiene negociadas.
—No lo hago por eso—replicó el diablo—, sino porque ése es tu enemigo, que es de tu oficio[96]. Y ten lástima de mí y sácame del cuerpo déste, que soy demonio de prendas y calidad y perderé después mucho en el infierno por haber estado acá con malas compañías.
—Yo te echaré hoy fuera—dijo Calabrés—, de lástima de ese hombre, que aporreas por momentos y maltratas: que tus culpas no merecen piedad ni tu obstinación es capaz della.
—Pídeme albricias—respondió el diablo—si me sacas hoy. Y advierte que estos golpes que le doy y lo que le aporreo, no es sino que yo y él reñimos acá sobre quién ha de estar en mejor lugar y andamos a más diablo es él.
Acabó esto con una gran risada: corrióse mi buen licenciado y determinóse a enmudecerle. Yo, que había comenzado a gustar de las sutilezas del diablo, le pedí que, pues estábamos solos, y él, como mi confidente, sabía[97] mis cosas secretas, y yo como amigo, las suyas, que le dejase hablar, apremiándole sólo a que no maltratase el cuerpo del alguacil. Hízose así, y al punto dijo:
—Donde hay poetas, parientes tenemos en corte los diablos, y todos nos lo debéis por lo que en el infierno os sufrimos: que habéis hallado tan fácil modo de condenaros, que hierve todo él en poetas. Y hemos hecho una ensancha[98] a su cuartel, y son tantos, que compiten en los votos y elecciones con los escribanos. Y no hay cosa tan graciosa como el primer año de noviciado de un poeta en penas, porque hay quien le lleva de acá cartas de favor para ministros, y créese que ha de topar con Radamanto y pregunta por el Cerbero y Aqueronte, y no puede creer sino que se los esconden.