—¿Qué géneros de penas les dan a los poetas?—repliqué yo.
—Muchas—dijo—y propias. Unos se atormentan oyendo alabar las obras de otros, y a los más es la pena el limpiarlos. Hay poeta que tiene mil años de infierno y aun no acaba de leer unas endechillas a los celos. Otros verás en otra parte aporrearse y darse de tizonazos sobre si dirá faz o cara. Cuál, para hallar un consonante no hay cerco[99] en el infierno que no haya rodado mordiéndose las uñas. Mas los que peor lo pasan y más mal lugar tienen son algunos poetas de comedias, por las muchas reinas que han hecho, las infantas[100] de Bretaña que han deshonrado, los casamientos desiguales que han efetuado en los fines de las comedias y los palos que han dado a muchos hombres honrados por acabar los entremeses. Mas es de advertir que los poetas de comedias no están entre los demás, sino que, por cuanto tratan de hacer enredos y marañas, se ponen entre los procuradores y solicitadores, gente que sólo trata deso.
Y en el infierno están todos aposentados así. Que un artillero que bajó allá el otro día, queriendo que le pusiesen entre la gente de guerra, como al preguntarle del oficio que había tenido dijese que hacer tiros en el mundo, fué remitido al cuartel de los escribanos, pues son los que hacen tiros[101] en el mundo. Un sastre, porque dijo que había vivido de cortar de vestir[102], fué aposentado con los maldicientes. Un ciego, que quiso encajarse con los poetas, fué llevado a los enamorados, por serlo todos. Los que venían por el camino de los locos[103], ponemos con los astrólogos, y a los por mentecatos, con los alquimistas.
Uno vino por unas muertes, y está con los médicos. Los mercaderes que se condenan por vender, están con Judas. Los malos ministros, por lo que han tomado, alojan con el mal ladrón. Los necios están con los verdugos. Y un aguador, que dijo había vendido agua fría, fué llevado con los taberneros. Llegó un mohatrero tres días ha, y dijo que él se condenaba por haber vendido gato por liebre, y pusímoslo de pies con los venteros, que dan lo mismo. Al fin, el infierno está repartido en estas partes.
—Oíte decir antes de los enamorados, y por ser cosa que a mí me toca, gustaría saber si hay muchos.
—Mancha es la de los enamorados—respondió—que lo toma todo, porque todos lo son de sí mismos: algunos, de sus dineros; otros, de sus palabras; otros, de sus obras, y algunos, de las mujeres. Y destos postreros hay menos que de todos en el infierno, porque las mujeres son tales, que, con ruindades, con malos tratos y peores correspondencias les dan ocasiones de arrepentimiento cada día a los hombres. Como digo, hay pocos déstos; pero buenos y de entretenimiento, si allá cupiera[104]. Algunos hay que en celos y esperanzas amortajados y en deseos, se van por la posta[105] al infierno, sin saber cómo ni cuándo ni de qué manera.
Hay amantes alacayados[106], que arden llenos de cintas; otros crinitos[107], como cometas, llenos de cabellos, y otros que en los billetes solos que llevan de sus damas ahorran veinte años de leña a la fábrica de la casa, abrasándose lardeados[108] en ellos.
Son de ver los que han querido doncellas, enamorados de doncellas, con las bocas abiertas y las manos extendidas. Déstos, unos se condenaban por tocar sin tocar pieza, hechos bufones[109] de los otros, siempre en vísperas del contento, sin tener jamás el día y con sólo el título de pretendientes[110]. Otros se condenan por el beso[111], brujuleando[112] siempre los gustos sin poderlos descubrir.
Detrás de éstos, en una mazmorra, están los adúlteros[113]: éstos son los que mejor viven y peor lo pasan, pues otros les sustentan la cabalgadura y ellos la gozan.