—Gente es ésta—dije yo—cuyos agravios y favores todos son de una manera.

—Abajo, en un apartado muy sucio[114], lleno de mondaduras de rastro, quiero decir, cuernos[115], están los que acá llamamos cornudos, gente que aun en el infierno no pierde la paciencia. Que, como la llevan hecha a prueba de la mala mujer que han tenido, ninguna cosa los espanta.

Tras ellos están los que se enamoran de viejas, con cadenas[116]. Que los diablos de hombres de tan mal gusto[117] aún no pensamos que estamos seguros. Y si no estuviesen con prisiones, Barrabás aún no tendría bien guardadas las asentaderas dellos. Y tales como somos, les parecemos blancos y rubios[118].

Lo primero que con éstos se hace es condenarles la lujuria y su herramienta a perpetua cárcel.

Mas, dejando éstos, os quiero decir que estamos muy sentidos de los potajes que hacéis de nosotros, pintándonos con garras sin ser aguiluchos; con colas, habiendo diablos rabones[119]; con cuernos, no siendo casados, y malbarbados siempre, habiendo diablos de nosotros que podemos ser ermitaños y corregidores. Remediad esto. Que poco ha que fué Jerónimo Bosco[120] allá, y, preguntándole por qué había hecho tantos guisados de nosotros en sus sueños, dijo:

—Porque no había creído nunca que había demonios de veras.

Lo otro, y lo que más sentimos, es que, hablando comúnmente, soléis decir:

—Miren el diablo del sastre, o diablo es el sastrecillo[121].

A sastres nos comparáis, que damos leña con ellos al infierno y aun nos hacemos de rogar para recibirlos. Que, si no es la póliza[122] de quinientos, nunca hacemos recibo, por no malvezarlos y que ellos no aleguen posesión: Quoniam consuetudo est altera lex. Y como tienen posesión en el hurtar y quebrantar las fiestas, fundan agravio si no les abrimos las puertas grandes, como si fuesen de casa.

También nos quejamos de que no hay cosa, por mala que sea, que no la deis al diablo, y, en enfadándoos algo, luego decís: “Pues el diablo te lleve”. Pues advertid que son más los que se van allá que los que traemos. Que no de todo hacemos caso. Dais al diablo un maltrapillo[123] y no le toma el diablo, porque hay algún maltrapillo que no le tomará el diablo. Dais al diablo un italiano, y no le toma el diablo, porque hay italiano que tomará al diablo. Y advertid que las más veces dais al diablo lo que él ya se tiene, digo, nos tenemos.