—¿Hay reyes en el infierno?—le pregunté yo.

Y satisfizo a mi duda, diciendo:

—Todo el infierno es figuras[124] y hay muchos de los gentiles, porque el poder, libertad y mando les hace sacar a las virtudes de su medio y llegan los vicios a su extremo, y, viéndose en la suma reverencia de sus vasallos y con la grandeza puestos a dioses, quieren valer punto menos y parecerlo, y tienen muchos caminos para condenarse y muchos que los ayudan. Porque uno se condena por la crueldad, y, matando y destruyendo, es una guadaña coronada de vicios y una peste real de sus reinos. Otros se pierden por la cudicia, haciendo almacenes de sus villas y ciudades a fuerza de grandes pechos, que, en vez de criar, desustancian[125]. Y otros se van al infierno por terceras personas y se condenan por poderes, fiándose de infames ministros. Y es dolor verlos penar, porque, como bozales en trabajo, se les dobla el dolor con cualquier cosa. Sólo tienen bueno los reyes que, como es gente honrada, nunca vienen solos, sino con punta de dos o tres privados, y a veces el encaje[126], y se traen todo el reino tras sí, pues todos se gobiernan por ellos[127]. Aunque privado y rey es más penitencia que oficio y más carga que gozo. Ni hay cosa tan atormentada como la oreja del príncipe y del privado, pues de ella nunca escapan pretendientes quejosos y aduladores, y estos tormentos los califican para el descanso. Los malos reyes se van al infierno[128] por el camino real, y los mercaderes, por el de la plata.

—¿Quién te mete ahora con los mercaderes?—dijo Calabrés.

—Manjar es que nos tiene ya empalagados a los diablos y ahítos, y aun los vomitamos. Vienen allá a millares, condenándose en castellano y en guarismo[129]. Y habéis de saber que en España los misterios de las cuentas de los extranjeros son dolorosos para los millones que vienen de las Indias[130], y que los cañones de sus plumas son de batería contra las bolsas, y no hay renta que, si la cogen en medio el Tajo de sus plumas y el Jarama de su tinta, no la ahoguen. Y, en fin, han hecho entre nosotros sospechoso este nombre de asientos[131], que, como significan otra cosa, que me corro de nombrarla, no sabemos cuándo hablan a lo negociante o cuándo a lo deshonesto. Hombre destos[132] ha ido al infierno que, viendo la leña y fuego que se gasta, ha querido hacer estanco[133] de la lumbre. Y otro quiso arrendar los tormentos, pareciéndole que ganará con ellos mucho. Éstos tenemos allá junto a los jueces que acá los permitieron.

—¿Luego algunos jueces hay allá?

—¡Pues no!—dijo el espíritu—. Los jueces son nuestros faisanes, nuestros platos regalados y la simiente que más provecho y fruto nos da a los diablos. Porque de cada juez que sembramos, cogemos seis procuradores, dos relatores, cuatro escribanos, cinco letrados y cinco mil negociantes, y esto cada día. De cada escribano cogemos veinte oficiales; de cada oficial, treinta alguaciles; de cada alguacil, diez corchetes. Y si el año es fértil de trampas, no hay trojes en el infierno donde recoger el fruto de un mal ministro.

—¿También querrás decir que no hay justicia en la tierra, rebelde a los dioses?