—Ahora acá estamos todos[170].

Salió de un lugar donde estaba aposentado un diablo de marca mayor, corcovado y cojo, y, arrojándolos en una hondura muy grande, dijo:

—Allá va leña.

Por curiosidad, me llegué a él y le pregunté de qué estaba corcovado y cojo, y me dijo, que era diablo de pocas palabras:

—Yo era recuero[171] de remendones, iba por ellos al mundo, y de traerlos a cuestas, me hice corcovado y cojo. He dado en la cuenta y hallo que se vienen ellos mucho más apriesa que yo los puedo traer.

En esto hizo otro vómito dellos el mundo y hube de entrarme, porque no había dónde estar ya allí, y el monstruo infernal empezó a traspalar, y diz que es la mejor leña que se quema en el infierno remendones de todo oficio, gente que sólo tiene bueno ser enemiga de novedades.

Pasé adelante por un pasadizo muy escuro, cuando por mi nombre me llamaron. Volví a la voz los ojos, casi tan medrosa como ellos, y hablóme un hombre que, por las tinieblas, no pude divisar más de lo que la llama que le atormentaba me permitía.

—¿No me conoce?—me dijo—. A...

Ya lo iba a decir, y prosiguió tras su nombre: “el librero. Pues yo soy”.

¡Quién tal pensara! Y es verdad, Dios, que yo siempre lo sospeché, porque era su tienda el burdel de los libros, pues todos los cuerpos que tenía eran de la gente de la vida, escandalosos y burlones. Un rótulo que decía: “Aquí se vende tinta fina, papel batido y dorado”, pudiera condenar a otro que hubiera menester más apetitos por ello.