—¿Qué quiere?—me dijo viéndome suspenso tratar conmigo estas cosas—. Pues es tanta mi desgracia, que todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y algunos libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros y por lo que hicimos barato de los libros en romance y traducidos de latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en otros tiempos los sabios. Que ya hasta el lacayo latiniza y hallarán a Horacio en castellano en la caballeriza.
Más iba a decir, sino que un demonio le comenzó a atormentar con humazos[172] de hojas de sus libros y otro a leerle algunos dellos. Yo, que vi que ya no hablaba, fuíme adelante, diciendo entre mí:
—Si hay quien se condena por obras malas ajenas, ¿qué harán los que las hicieron propias?
En esto iba, cuando en una gran zahurda andaban mucho número de ánimas gimiendo y muchos diablos con látigos y zurriagas azotándolos. Pregunté qué gente eran, y dijeron que no eran sino cocheros. Y dijo un diablo lleno de cazcarrias, romo y calvo, que quisiera más, a manera de decir, lidiar con lacayos. Porque había cochero de aquéllos que pedía aun dineros por ser atormentado, y que la tema de todos era que habían de poner pleito a los diablos por el oficio, pues no sabían chasquear los azotes[173] tan bien como ellos.
—¿Qué causa hay para que éstos penen aquí?—dije.
Y tan presto se levantó un cochero viejo de aquéllos, barbinegro y malcarado, y dijo:
—Señor, porque, siendo pícaros, nos venimos al infierno a caballo y mandando.
Aquí le replicó el diablo:
—¿Y por qué calláis lo que encubristeis en el mundo, los pecados que facilitasteis y lo que mentisteis en un oficio tan vil?