Dijo un cochero que lo había sido de un caballero, y aun esperaba que le había de sacar de allí:

—No ha habido tan honrado oficio en el mundo de diez años a esta parte, pues nos llegaron a poner cotas y sayos vaqueros, hábitos largos y valona, en forma de cuellos bajos[174]. ¿Cómo supieran condenarse las mujeres de los pícaros en su rincón, si no fuera por el desvanecimiento de verse en coche? Que hay mujer destos de honra postiza, que se fué por su pie al don[175], y por tirar una cortina, ir a una testera, hartará de ánimas a Perogotero[176].

—Así—dijo un diablo—, soltóse el cocherillo y no callará en diez años.

—¿Qué he de callar—dijo—, si nos tratáis de esta manera, debiendo regalarnos? Pues no os traemos al infierno la hacienda maltratada, arrastrada y a pie, llena de lodos, como los siempre rotos escuderos, zanqueando y despeados, sino sahumada[177], descansada, limpia y en coche. Por otros lo hiciéramos, que lo supieran agradecer. Pues ¡decir que merezco yo eso por barato y bienhablado y aguanoso[178], o porque llevé tullidos a misa, enfermos a comulgar o monjas a sus conventos! No se probará que en mi coche entrase nadie con buen pensamiento. Llegó a tanto, que por casarse y saber si una era doncella se hacía información si había entrado en él, porque era señal de corrupción. ¿Y tras desto me das este pago?

—Vía[179]—dijo un demonio mulato y zurdo.

Redobló los palos y callaron. Y forzóme ir adelante el mal olor de los cocheros, que andaban por allí.

Y lleguéme a unas bóvedas, donde comencé a tiritar de frío y dar diente con diente, que me helaba. Pregunté, movido de la novedad de ver frío en el infierno, qué era aquello, y salió a responder un diablo zambo, con espolones y grietas, lleno de sabañones, y dijo:

—Señor, este frío es de que en esta parte están recogidos los bufones, truhanes y juglares chocarreros, hombres por de más y que sobran en el mundo y que están aquí retirados, porque, si anduvieran por el infierno sueltos, su frialdad[180] es tanta, que templaría el dolor del fuego.