Pedíle licencia para llegar a verlos. Diómela y calofriado[181] llegué, y vi la más infame casilla del mundo y una cosa, que no habrá quien lo crea, que se atormentaban unos a otros con las gracias que habían dicho acá. Y entre los bufones vi muchos hombres honrados, que yo había tenido por tales. Pregunté la causa y respondióme un diablo que eran aduladores y que por esto eran bufones de entre cuero y carne[182]. Y repliqué yo cómo se condenaban, y me respondieron[183]:

—Gente es que se viene acá sin avisar, a mesa puesta y a cama hecha[184], como en su casa. Y en parte, los queremos bien, porque ellos se son diablos para sí y para otros y nos ahorran de trabajos y se condenan a sí mismos, y por la mayor parte, en vida, los más ya andan con marca del infierno. Porque, el que no se deja arrancar los dientes por dinero, se deja matar hachas[185] en las nalgas o pelar las cejas. Y así, cuando acá los atormentamos, muchos dellos, después de las penas, sólo echan menos las pagas. ¿Veis aquél?—me dijo—. Pues mal juez fué, y está entre los bufones, pues por dar gusto no hizo justicia, y a los derechos, que no hizo tuertos[186], los hizo bizcos.

Aquél fué marido descuidado, y está también entre los bufones, porque por dar gusto a todos, vendió el que tenía con su esposa, y tomaba a su mujer en dineros como ración y se iba a sufrir[187]. Aquella mujer, aunque principal, fué juglar, y está entre los truhanes, porque por dar gusto, hizo plato[188] de sí misma a todo apetito.

Al fin, de todos estados entran en el número de los bufones, y por eso hay tantos que, bien mirado, en el mundo todos sois bufones, pues los unos os andáis riendo de los otros, y en todos, como digo, es naturaleza y en unos pocos oficio. Fuera déstos, hay bufones desgranados y bufones en racimos. Los desgranados son los que de uno en uno y de dos en dos andan a casa de los señores. Los en racimo son los faranduleros miserables de bululú[189], y déstos os certifico que, si ellos no se nos viniesen por acá, que nosotros no iríamos por ellos.

Trabóse una pendencia adentro, y el diablo acudió a ver lo que era. Yo, que me vi suelto, entréme por un corral adelante, y hedía a chinches que no se podía sufrir.

—A chinches hiede—dije yo—: apostaré que alojan por aquí los zapateros.

Y fué así, porque luego sentí el ruido de los bojes y vi los tranchetes. Tapéme las narices y asoméme a la zahurda donde estaban, y había infinitos. Díjome el guardián:

—Éstos son los que vinieron consigo mismos, digo, en cueros[190]. Y como otros se van al infierno por su pie, éstos se van por los ajenos[191] y por los suyos y así vienen tan ligeros.

Y doy fe de que en todo el infierno no hay árbol ninguno chico ni grande y que mintió Virgilio en decir que había mirtos en el lugar de los amantes, porque yo no vi selva ninguna, sino en el cuartel que dije de los zapateros, que estaba todo lleno de bojes, que no se gasta otra madera en los edificios.