Estaban todos los zapateros vomitando de asco de unos pasteleros, que se les arrimaban a las puertas, que no cabían en un silo[192], donde estaban tantos, que andaban mil diablos con pisones atestando almas de pasteleros y aún no bastaban.

—¡Ay de nosotros—dijo uno—, que nos condenamos por el pecado de la carne[193], sin conocer mujer, tratando más en huesos!

Lamentábase bravamente, cuando dijo un diablo:

—Ladrones, ¿quién merece el infierno mejor que vosotros, pues habéis hecho comer a los hombres caspa y os han servido de pañizuelos los de a real, sonándoos en ellos, donde muchas veces pasó por caña el tuétano de las narices? ¿Qué de estómagos pudieran ladrar, si resucitaran los perros que les hicistes comer? ¿Cuántas veces pasó por pasa la mosca golosa y muchas fué el mayor bocado de carne que comió el dueño del pastel? ¿Qué de dientes habéis hecho jinetes[194] y qué de estómagos habéis traído a caballo, dándoles a comer rocines enteros? ¿Y os quejáis, siendo gente antes condenada que nacida, los que hacéis así vuestro oficio? Pues ¿qué pudiera decir de vuestros caldos? Mas no soy amigo de revolver caldos. Padeced[195] y callad enhoramala. Que más hacemos nosotros en atormentaros que vosotros en sufrirlo. Y vos andad adelante, me dijo a mí, que tenemos que hacer éstos y yo.

Partíme de allí y subíme por una cuesta donde en la cumbre y alrededor se estaban abrasando unos hombres en fuego inmortal, el cual encendían los diablos, en lugar de fuelles, con corchetes, que soplaban mucho más. Que aun allá tienen este oficio[196] y son abanicos de culpas y resuello de la provincia y vaharada[197] del verdugo.

Vi un mercader que poco antes había muerto.

—¿Acá estáis?—dije yo—. ¿Qué os parece?

¿No valiera más haber tenido poca hacienda y no estar aquí?

Dijo en esto uno de los atormentadores: