—Y acá—dije yo—, ¿cómo no hay ninguno?
—Sí hay—me respondió—; mas no usan ellos de nombre de escribano, que acá por gatos los conocemos. Y para que echéis de ver qué tantos hay, no habéis de mirar sino que, con ser el infierno tan gran casa, tan antigua, tan maltratada y sucia, no hay un ratón en toda ella, que ellos los cazan.
—Y los alguaciles malos, ¿no están en el infierno?
—Ninguno está en el infierno—dijo el demonio.
—¿Cómo puede ser, si se condenan algunos malos entre muchos buenos que hay?
—Dígoos que no están en el infierno porque en cada alguacil malo, aun en vida, está todo el infierno en él.
Santigüéme y dije:
—Brava cosa es lo mal que los queréis los diablos a los alguaciles.
—¿No los habemos de querer mal, pues, según son endiablados los malos alguaciles, tememos que han de venir a hacer que sobremos nosotros para lo que es materia de condenar almas y que se nos han de levantar con el oficio de demonios y que ha de venir Lucifer a ahorrarse de diablos y despedirnos a nosotros por recibir a ellos?
No quise en esta materia escuchar más, y así, me fuí adelante, y por una red vi un amenísimo cercado, todo lleno de almas, que, unas con silencio y otras con llanto, se estaban lamentando. Dijéronme que era el retiramiento de los enamorados. Gemí tristemente viendo que aun en la muerte no dejan los suspiros. Unos se respondían en sus amores y penaban con dudosas desconfianzas. ¡Oh, qué número dellos echaban la culpa de su perdición a sus deseos, cuya fuerza o cuyo pincel los mintió las hermosuras! Los más estaban descuidados por penséque, según me dijo un diablo.