—¿Quién es penséque—dije yo—, o qué género de delito?
Rióse, y replicó:
—No es sino que se destruyen, fiándose de fabulosos semblantes, y luego dicen pensé que no me obligara, pensé que no me amartelara, pensé que ella me diera a mí y no me quitara, pensé que no tuviera otro con quien yo riñera, pensé que se contentara conmigo solo, pensé que me adoraba, y así, todos los amantes en el infierno están por pensé que. Éstos son la gente en quien más ejecuciones hace el arrepentimiento y los que menos sabían de sí. Estaba en medio dellos el amor, lleno de sarna, con un rótulo que decía:
No hay quien este amor no dome
Sin justicia o con razón,
Porque es sarna y no afición
Amor que se pega y come.
—¿Coplica hay?—dije yo—. No andan lejos de aquí los poetas.
Cuando, volviéndome a un lado, veo una bandada de hasta cien mil dellos en una jaula, que llaman los Orates en el infierno. Volví a mirarlos, y díjome uno, señalando a las mujeres:
—¿Qué digo? Esas señoras hermosas todas se han vuelto medio camareras de los hombres, pues los desnudan y no los visten.
—¿Conceptos gastáis aun estando aquí? Buenos cascos tenéis—dije yo.
Cuando uno entre todos, que estaba aherrojado y con más penas que todos, dijo:
—¡Plegue a Dios, hermano, que así se vea el que inventó los consonantes! Pues porque en un soneto