Dije que una señora era absoluta,
Y, siendo más honesta que Lucrecia,
Por dar fin al cuarteto, la hice puta.
Forzóme el consonante a llamar necia
A la de más talento y mayor brío:
¡Oh, ley de consonantes, dura y recia!
Habiendo en un terceto dicho lío,
Un hidalgo afrenté tan solamente,
Porque el verso acabó bien en judío.
A Herodes otra vez llamé inocente,
Mil veces a lo dulce dije amargo
Y llamé al apacible impertinente.
Y por el consonante tengo a cargo
Otros delitos torpes, feos, rudos,
Y llega mi proceso a ser tan largo,
Que, porque en una octava dije escudos,
Hice sin más ni más siete maridos
Con honradas mujeres ser cornudos.
Aquí nos tienen, como ves, metidos
Y por el consonante condenados.
¡Oh, míseros poetas desdichados,
A puros versos, como ves, perdidos!
—¡Hay tan graciosa locura—dije yo—, que, aun aquí, estáis sin dejarla ni de cansaros della! ¡Oh, qué vi dellos!
Y decía un diablo:
—Ésta es gente que canta sus pecados como otros los lloran, pues en amancebándose, con hacerla pastora o mora, la sacan a la vergüenza en un romancico por todo el mundo. Si las quieren a sus damas, lo más que les dan es un soneto o unas octavas, y si las aborrecen o las dejan, lo menos que les dejan es una sátira. ¡Pues qué es verlas cargadas de pradicos de esmeraldas, de cabellos de oro, de perlas de la mañana, de fuentes de cristal, sin hallar sobre todo esto dinero para una camisa ni sobre su ingenio! Y es gente que apenas se conoce de qué ley son. Porque nombre es de cristianos, las almas de herejes, los pensamientos de alarbes y las palabras de gentiles.
—Si mucho me aguardo—dije entre mí—, yo oiré algo que me pese.
Fuíme adelante y dejélos con deseo de llegar adonde estaban los que no supieron pedir a Dios. ¡Oh, qué muestras de dolor tan grandes hacían! ¡Oh, qué sollozos tan lastimosos! Todos tenían las lenguas condenadas a perpetua cárcel y poseídos del silencio. Tal martirio, en voces ásperas de un demonio, recibían por los oídos:
—¡Oh, corvas almas, inclinadas al suelo, que con oración logrera y ruego mercader y comprador os atrevistes a Dios y le pedistes cosas que, de vergüenza de que otro hombre las oyese, aguardábades a coger solos los retablos! Pues ¿cómo? ¿Más respeto tuvisteis a los mortales que al Señor de todos? Quien os ve en un rincón, medrosos de ser oídos, pedir mormurando, sin dar licencia a las palabras que se saliesen de los dientes, cerrados de ofensas:
—¡Señor, muera mi padre y acabe yo de suceder en su hacienda; llevaos a vuestro reino a mi mayor hermano y aseguradme a mí el mayorazgo; halle yo una mina debajo de mis pies, el Rey se incline a favorecerme y véame yo cargado de sus favores!
—Y ved—dijo—a lo que llegó una desvergüenza que osastes decir.
Y haced esto, que si lo hacéis, yo os prometo de casar dos huérfanas, de vestir seis pobres y de daros frontales.