Venía luego Sabino[305], prelado hereje arriano, el que en el concilio Niceno llamó idiotas a los que no seguían a Arrio.
Después, en miserable lugar, estaban ardiendo por sentencia de Clemente, pontífice máximo que sucedió a Benedicto, los templarios, primero santos en Jerusalén y luego, de puro ricos, idólatras y deshonestos[306].
¡Y qué fué ver a Guillermo, el hipócrita de Anvers, hecho padre de putas, prefiriendo las rameras a las honestas y la fornicación a la castidad! A los pies de éste yacía Bárbara, mujer del emperador Sigismundo[307], llamando necias a las vírgenes, habiendo hartas. Ella, bárbara como su nombre, servía de emperatriz a los diablos, y, no estando harta de delitos ni aun cansada, que en esto quiso llevar ventaja a Mesalina, decía que moría el alma y el cuerpo y otras cosas bien dignas de su nombre.
Fuí pasando por éstos y llegué a una parte donde estaba uno solo arrinconado y muy sucio, con un zancajo[308] menos y un chirlo por la cara, lleno de cencerros, y ardiendo y blasfemando.
—¿Quién eres tú—le pregunté—, que entre tantos malos eres el peor?
—Yo—dijo él—soy Mahoma.
Y decíaselo el tallecillo, la cuchillada y los dijes de arriero.
—Tú eres—dije yo—el más mal hombre que ha habido en el mundo y el que más almas ha traído acá.
—Todo lo estoy pasando—dijo—, mientras los malaventurados de africanos adoran el zancarrón o zancajo que aquí me falta.