Y hube a todos éstos por locos y mentecatos.

Mas llegué luego a los herejes que había después de Cristo:[292] allí vi a muchos, como Menandro[293] y Simón Mago,[294] su maestro.

Estaba Saturnino[295] inventando disparates.

Estaba el maldito Basílides[296] heresiarca.

Estaba Nicolás[297] antioqueno, Carpócrates[298] y Cerintho[299] y el infame Ebión.[300]

Vino luego Valentino[301], el que dió por principio de todo el mar y el silencio.

Menandro[302], el mozo de Samaria, decía que él era el Salvador y que había caído del cielo, y por imitarlo, decía detrás del Montano[303] frigio que él era el Parácleto. Síguenle las desdichadas Priscilla y Maximilla heresiarcas. Llamáronse sus secuaces catafriges, y llegaron a tanta locura, que decían que en ellos, y no en los apóstoles, vino el Espíritu Santo.

Estaba Nepos[304], obispo, en quien fué coroza la mitra, afirmando que los santos habían de reinar con Cristo en la tierra mil años en lascivias y regalos.