Espantóme, Enrico, de que supieses nada. ¿De qué te aprovecharon tus letras y agudezas? Más le dijera si no me enterneciera la desventurada figura en que estaba el miserable penando.[315]
Estaba ahorcado de un pie Helio Eobano hesso,[316] célebre poeta, competidor de Melanchthon. ¡Oh, cómo lloré mirando su gesto torpe con heridas y golpes y afeados con llamas sus ojos![317]
Dime prisa a salir deste cercado, y pasé a una galería, donde estaba Lucifer cercado de diablas que también hay hembras como machos. No entré dentro, porque no me atreví a sufrir su aspecto disforme; sólo diré que tal galería tan bien ordenada no se ha visto en el mundo, porque toda estaba colgada de emperadores y reyes vivos como acá muertos. Allá vi toda la casa otomana,[318] los de Roma por su orden.
Vi graciosísimas figuras: hilando a Sardanápalo, glotoneando a Eliogábalo, a Sapor emparentando con el sol y las estrellas. Viriato andaba a palos tras los romanos, Atila revolvía el mundo, Belisario ciego acusaba a los atenienses.[319]
Llegó a mí el portero y me dijo:
Lucifer manda que, porque tengáis qué contar en el otro mundo, que veáis[320] su camarín.
Entré allá. Era un aposento curioso y lleno de buenas joyas. Tenía cosa de seis o siete mil cornudos y otros tantos alguaciles manidos.
—¿Aquí estáis?—dije yo—. ¿Cómo, diablos,[321] os había de hallar en el infierno, si estábades aquí?
Había pipotes de médicos y muchísimos coronistas, lindas piezas, aduladores de molde[322] y con licencia. Y en las cuatro esquinas estaban ardiendo por hachas cuatro malos pesquisidores.[323] Y todas las poyatas, que son los estantes, llenas de vírgenes rociadas, doncellas[324] penadas como tazas,[325] y dijo el demonio: