[507] Ya indirectamente, ya a la descubierta, no sólo en éste, pero en otros muchos pasajes, recordó nuestro sabio político al Príncipe castellano la obligación y apremiante necesidad en que se hallaba de ponerse al frente de sus ejércitos. Hacíale ver las prolijas, antiguas y empeñadas guerras que desangraban su reino; cómo su presencia infundiría valor incontrastable en las tropas, confianza en los pueblos apartados, desaliento en los enemigos y había de acelerar los prósperos sucesos. Advertíale, por último, que, declinando el peso de las guerras sobre capitanes que raras veces tenían otro interés que el de prolongarlas, por deber a ello su crecimiento y su medra, parecía no dolerse de los sacrificios inmensos de sus vasallos, de tantas haciendas deshechas, de tantas lágrimas vertidas, de tanta sangre derramada. Pero Felipe IV, acostumbrado a los encantos de la música y de la poesía, al aroma de los saraos y a los regalos del ocio, no gustó nunca del estruendo de la artillería, del polvo de los combates y del dudoso trance de una batalla.
[508] “resistirse”. (Los impresos).
[509] “de su persona”. (Ídem).
[510] “alimento”. (El Ms. original).
[511] “las lágrimas de Roma”. (Los impresos).
[512] Los Monopantones. (Nota del margen en el Ms. original). He aquí La isla de los Monopantos, opúsculo que nuestro autor señalaba como perdido en una Memoria de libros y papeles que le saquearon durante sus últimas prisiones. Pareció después, y entró a formar parte de La Hora de todos y la fortuna con seso, por los años de 1644. Sátira sangrienta y mal embozada es ésta contra el Conde-Duque de Olivares y los que oprimían con él y desmoralizaban al pueblo español. Pasa la escena en Salónica, ciudad de judíos, por ser sumamente afecto el Conde-Duque a los judíos, de haberlos hecho venir de Salónica, y de que no pocos, en hábito y con nombre de cristianos, ocupaban altos puestos en la milicia, en los tribunales y consejos. Los representantes de las sinagogas simbolizan algunos consejeros y negociantes de aquellas calendas (banqueros, que hoy se dice), a quienes el texto califica de tramposos y revolvedores de Europa. Los monopantos (esto es, hombres pocos en número, pero dueños y árbitros de todo) son el favorito y sus cómplices; España, las islas situadas entre el mar Negro y la Moscovia, en los confines de la Tartaria. Uniformes los hebreos y monopantones en medrar con la pública desolación y ruina, idólatras de la usura, de la plata y oro y de cualquier animal de estos metales fabricado, júntalos el político pintor a confeccionar malicias y engaños para engullirse a los Reyes, repúblicas, magistrados y poderosos, y se confederan para fundar la nueva secta del dinerismo, mudando el nombre de ateístas en dineranos. Tal es el asunto del presente capítulo, reto de Quevedo al poder del vanidoso Atlante de la Monarquía, verdadero origen de sus persecuciones, lección útil para los Príncipes generosos y eterno sambenito de los hombres que, contra la voluntad divina, se levantan con los Reyes y se afanan por llamarse privados.
Los personajes, pues, de la fábula son:
El Conde-Duque de Olivares, bajo el anagrama de Pragas Chincollos, Gaspar Conchillos.
Sospéchase que el secretario Juan Bautista Sáenz y Navarrete, con el seudónimo de Philárgyros, avaro.
Dicen que el secretario don Antonio Carnero, con el de Crysóstheos, ídolo, becerro de oro.