Y diciendo esto, se zampó en un bodegón, donde el hidalgo estaba disimulando ganas de comer, con el estómago de rebozo, acechando unas tajadas que so el poder de otras muelas rechinaban.
VI. Un hablador plenario, que de lo que le sobra de palabras a dos leguas pueden moler otros diez habladores, estaba anegando en prosa su barrio, desatada la taravilla en diluvios de conversación. Cogióle la hora y quedó tartamudo y tan zancajoso de pronunciación, que a cada letra que pronunciaba, se ahorcaba en pujos de be a ba, y como el pobre padecía, paró la lluvia. Con la retención empezó a rebosar charla por los ojos y por los oídos.
VII. Estaban unos senadores votando un pleito. Uno dellos, de puro maldito, estaba pensando cómo podría condenar a entrambas partes. Otro incapaz, que no entendía la justicia de ninguno de los dos litigantes, estaba determinando su voto por aquellos dos textos de los idiotas: “Dios se la depare buena” y “dé donde diere”. Otro caduco, que se había dormido en la relación, discípulo de la mujer de Pilatos en alegar sueño[191], estaba trazando a cuál de sus compañeros seguiría sentenciando a trochimoche. Otro, que era docto y virtuoso juez, estaba como vendido al lado de otro, que estaba como comprado, senador brujo untado[192]. Éste alegó leyes torcidas[193], que pudieran arder en un candil, trujo a su voto al dormido y al tonto y al malvado. Y habiendo hecho sentencia, al pronunciarla, los cogió la hora y, en lugar de decir: “Fallamos que debemos condenar y condenamos”, dijeron:
“Fallamos que debemos condenarnos y nos condenamos”.
—Ése sea tu nombre[194]—dijo una voz.
Y, al instante, se les volvieron las togas pellejos de culebras, y, arremetiendo los unos a los otros, se trataban de monederos falsos de la verdad. Y de tal suerte se repelaron, que las barbas de los unos se vían en las manos de los otros, quedando las caras lampiñas y las uñas barbadas, en señal de que juzgaban con ellas[195], por lo cual les competía la zalea jurisconsulto.
VIII. Un casamentero estaba emponzoñando el juicio de un buen hombre, que, no sabiendo qué se hacer de su sosiego, hacienda y quietud, trataba de casarse. Proponíale una picarona, y guisábala con prosa eficaz, diciéndole:
—Señor, de nobleza no digo nada, porque, gloria a Dios, a vuesa merced le sobra para prestar. Hacienda, vuesa merced no la ha menester. Hermosura, en las mujeres propias antes se debe huir, por peligro. Entendimiento, vuesa merced la ha de gobernar, y no la quiere para letrado. Condición, no la tiene. Los años que tiene, son pocos, y decía entre sí: “por vivir”. Lo demás es a pedir de boca[196].
El pobre hombre estaba furioso, diciendo:
—Demonio, ¿qué será lo demás, si ni es noble, ni rica, ni hermosa ni discreta? Lo que tiene sólo es lo que no tiene, que es condición.