En esto, los cogió la hora, cuando el maldito casamentero, sastre de bodas, que hurta, y miente, y engaña, y remienda y añade, se halló desposado con la fantasma que pretendía pegar al otro, y hundiéndose a voces sobre: “¿Quién sois vos, qué trujistes vos? No merecéis descalzarme”, se fueron comiendo a bocados.
IX. Estaba un poeta en un corrillo, leyendo una canción cultísima, tan atestada de latines y tapida[197] de jerigonzas, tan zabucada[198] de cláusulas, tan cortada de paréntesis, que el auditorio[199] pudiera comulgar de puro en ayunas que estaba. Cogióle la hora en la cuarta estancia, y a la oscuridad de la obra, que era tanta que no se vía la mano, acudieron lechuzas y murciélagos[200], y los oyentes, encendiendo lanternas y candelillas, oían de ronda a la musa, a quien llaman
la enemiga del día,
que el negro manto descoge.
Llegóse uno tanto con un cabo de vela al poeta, noche de invierno, de las que llaman boca de lobo[201], que se encendió el papel por en medio. Dábase el autor a los diablos, de ver quemada su obra, cuando el que la pegó fuego le dijo:
—Estos versos no pueden ser claros y tener luz si no los queman: más resplandecen luminaria que canción[202].
X. Salía de su casa una buscona[203] piramidal[204][205], habiendo hecho sudar la gota tan gorda[206] a su portada, dando paso a un inmenso contorno de faldas, y tan abultadas, que pudiera ir por debajo rellena de ganapanes, como la tarasca. Arrempujaba con el ruedo las dos aceras de una plazuela[207]. Cogióla la hora, y, volviéndose del revés las faldas del guardainfante y arboladas, la sorbieron en campana vuelta del revés, con faciones de tolva, y descubrióse que, para abultar de caderas, entre diferentes legajos de arrapiezos que traía, iba un repostero plegado y la barriga en figura de taberna, y al un lado, un medio tapiz. Y lo más notable fué que se vía un Holofernes degollado, porque la colgadura debía de ser de aquella historia. Hundíase la calle a silbos y gritos. Ella aullaba, y, como estaba sumida en dos estados de carcavueso[208], que formaban los espartos del ruedo, que se había erizado, oíanse las voces como de lo profundo de una sima, donde yacía con pinta de[209] carantamaula[210]. Ahogárase en la caterva que concurrió, si no sucediera que, viniendo por la calle rebosando narcisos uno con pantorrillas postizas y tres dientes, y dos teñidos y tres calvos con sus cabelleras, los cogió la hora de pies a cabeza, y el de las pantorrillas empezó a desangrarse de lana, y sintiendo mal acostadas, por falta de los colchones, las canillas, y queriendo decir: “¿Quién me despierna?”, se le desempedró la boca al primer bullicio de la lengua. Los teñidos quedaron con requesones por barbas, y no se conocían unos a otros. A los calvos se les huyeron las cabelleras con los sombreros en grupa[211], y quedaron melones con bigotes, con una cortesía de memento homo.
XI. Era muy favorecido de un señor un criado suyo. Éste le engañaba hasta el sueño, y a éste, un criado que tenía, y a este criado, un mozo suyo, y a este mozo, un amigo, y a este amigo, su amiga, y a ésta, el diablo. Pues cógelos la hora, y el diablo, que estaba al parecer, tan lejos[212] del señor, revístese en[213] la puta; la puta, en su amigo; el amigo, en el mozo; el mozo, en el criado; el criado, en el amo; el amo, en el señor. Y como el demonio llegó a él destilado por puta y rufián, y mozo de mozo de criado de señor, endemoniado por pasadizo y hecho un infierno, embistió con su siervo; éste, con su criado; el criado, con su mozo; el mozo, con su amigo; el amigo, con su amiga; ésta, con todos, y chocando los arcaduces del diablo unos con otros, se hicieron pedazos, se deshizo la sarta de embustes, y Satanás, que enflautado[214] en la cotorrera, se paseaba sin ser sentido, rezumándose de mano en mano, los cobró a todos de contado[215].
XII. Estábase afeitando una mujer casada[216] y rica. Cubría con hopalandas[217] de solimán unas arrugas jaspeadas de pecas. Jalbegaba[218], como puerta de alojería[219], lo rancio de la tez. Estábase guisando las cejas con humo, como chorizos. Acompañaba lo mortecino de sus labios con munición de lanternas a poder de cerillas[220]. Iluminábase de vergüenza postiza con dedadas de salserilla de color. Asistíala como asesor de cachivaches una dueña, calavera confitada en untos[221]. Estaba de rodillas sobre sus chapines[222], con un moñazo imperial en las dos manos, y a su lado una doncellita, platicanta de botes, con unas costillas de borrenas[223], para que su ama lanaplenase[224] las concavidades que le resultaban de un par de jibas que la trompicaban el talle. Estándose, pues, la tal señora dando pesadumbre y asco a su espejo, cogida de la hora, se confundió en manotadas, y, dándose con el solimán en los cabellos, y con el humo en los dientes, y con la cerilla en las cejas, y con la color en todas las mejillas, y encajándose[225] el moño en las quijadas, y atacándose las borrenas al revés, quedó cana y cisco y Antón Pintado y Antón Colorado[226], y barbada de rizos, y hecha abrojo, con cuatro corcovas, vuelta visión[227] y cochino de San Antón. La dueña, entendiendo que se había vuelto loca, echó a correr con los andularios[228] de requiem en las manos[229]. La muchacha se desmayó, como si viera al diablo. Ella salió tras la dueña, hecha un infierno, chorreando pantasmas[230]. Al ruido salió el marido, y viéndola, creyó que eran espíritus que se le habían revestido[231], y partió de carrera a llamar quien la conjurase.
XIII. Un gran señor fué a visitar la cárcel de su Corte, porque le dijeron servía de heredad y bolsa a los que la tenían a cargo, que de los delitos hacían mercancía y de los delincuentes tienda, trocando los ladrones en oro y los homicidas en buena moneda. Mandó que sacasen a visita los encarcelados, y halló que los habían preso por los delitos que habían cometido y que los tenían presos por los que su codicia cometía con ellos. Supo que a los unos contaban lo que habían hurtado y podido hurtar, y a otros, lo que tenían y podían tener, y que duraba la causa todo el tiempo que duraba el caudal, y que, precisamente el día del postrero maravedí era el día del castigo, y que los prendían por el mal que habían hecho, y los justiciaban porque ya no tenían[232]. Saliéronse a visitar dos, que habían de ahorcar otro día. Al uno, porque le había perdonado la parte, le tenían como libre; al otro, por hurtos ahorcaban, habiendo tres años que estaba preso, en los cuales le habían comido los hurtos y su hacienda y la de su padre y su mujer, en quien tenía dos hijos. Cogió la hora al gran señor en esta visita, y, demudado de color, dijo:
—A este que libráis porque perdonó la parte, ahorcaréis mañana. Porque, si esto se hace, es instituír mercado público de vidas y hacer que por el dinero del concierto con que se compra el perdón sea mercancía la vida del marido para la mujer, y la del hijo para el padre, y la del padre para el hijo, y, en puniéndose los perdones de muertes en venta, las vidas de todos están en almoneda pública, y el dinero inhibe en la justicia el escarmiento, por ser muy fácil de persuadir a las partes que les serán más útil mil escudos o quinientos que un ahorcado. Dos partes hay en todas las culpas públicas: la ofendida y la justicia. Y es tan conveniente que ésta castigue lo que le pertenece como que aquélla perdone lo que le toca. Este ladrón, que después de tres años de prisión queréis ahorcar, echaréis a galeras. Porque, como tres años ha estuviera justamente ahorcado, hoy será injusticia muy cruel, pues será ahorcar con el que pecó a su padre, a sus hijos y a su mujer, que son inocentes, a quien habéis vosotros comido y hurtado con la dilación las haciendas.