Acuérdome del cuento del que, enfadado de que los ratones le roían papelillos y mendrugos de pan, y cortezas de queso y los zapatos viejos, trujo gatos que le cazasen los ratones; y viendo que los gatos se comían los ratones y juntamente un día le sacaban la carne de la olla, otro se la desensartaban del asador, que ya le cogían una paloma, ya una pierna de carnero, mató los gatos y dijo: “Vuelvan los ratones”. Aplicad vosotros este chiste, pues como gatazos, en lugar de limpiar la república, cazáis y corréis los ladrones[233] ratoncillos, que cortan una bolsa, agarran un pañizuelo, quitan una capa y corren un sombrero, y juntamente os engullís el reino, robáis las haciendas y asoláis las familias. Infames, ratones quiero, y no gatos.
Diciendo esto, mandó soltar todos los presos y prender todos los ministros de la cárcel. Armóse una herrería[234] y confusión espantosa. Trocaban unos con otros quejas y alaridos. Los que tenían los grillos y las cadenas se las echaban a los que se las mandaron echar y se las echaron.
XIV. Iban diferentes mujeres por la calle, las unas a pie. Y aunque algunas dellas se tomaban ya de los años[235], iban gorjeándose[236] de andadura y desviviéndose de ponleví y enaguas[237]. Otras iban embolsadas en coches, desantañándose[238] de navidades con melindres y manoteado de cortinas. Otras[239], tocadas de gorgoritas[240] y vestidas de noli me tangere[241], iban en figura de camarines, en una alhacena de cristal, con resabios de hornos de vidrio, romanadas[242] por dos moros, o, cuando mejor, por dos pícaros. Llevan las tales transparentes los ojos, en muy estrecha vecindad con las nalgas del mozo delantero, y las narices molestadas del zumo de sus pies, que, como no pasa por escarpines[243], se perfuma de Fregenal[244]. Unas y otras iban reciennaciéndose[245], arrulladas de galas y con niña postiza[246], callando la vieja, como la caca, pasando a la arismética[247] de los ojos los ataúdes por las cunas. Cogiólas la hora, y, topándolas Estoflerino y Magino y Origano y Argolo[248], con sus efemérides desenvainadas, embistieron con ellas a ponerlas a todas las fechas de sus vidas, con día, mes y año, hora, minutos y segundos. Decían con voces descompuestas:
—Demonios, reconocé vuestra fecha, como vuestra sentencia. Cuarenta y dos años tienes, dos meses, cinco días, seis horas, nueve minutos y veinte segundos.
¡Oh, inmenso Dios, quién podrá decir el desaforado zurrido[249] que se levantó! No se oía otra cosa que “mentises; no hay tal; no he cumplido quince; ¡Jesús! ¿Quién tal dice? Aún no he entrado en diez y ocho; en trece estoy; ayer nací; no tengo ningún año; miente el tiempo”.
Y una, a quien Origano estaba sobrescribiendo como escritura: “Fué fecha y otorgada esta mujer el año de 1578[250]”, viendo ella que se le averiguaban sesenta y siete años[251], entigrecida y enserpentada, dijo:
—Yo no he nacido, legalizador de la muerte; aún no me han salido los dientes.
—Antigualla, mamotreto de siglos, no salen sobre raigones[252]; tente a la fecha.
—No conozco fecha.
Y arremetiendo el uno al otro, se confundió todo en una resistencia espantosa.