XV. Estaba un potentado, después de comer, arrullando su desvanecimiento con lisonjas arpadas en los picos de sus criados[253]. Oíase el rugir de las tripas galopines[254], que en la cocina de su barriga no se podían averiguar con la carnicería que había devorado. Estaba espumando en salivas, por la boca, los hervores de las azumbres, todo el coramvobis[255] iluminado de panarras, con arreboles de brindis. A cada disparate y necedad que decía, se desatinaban en los encarecimientos y alabanzas los circunstantes. Unos decían: “¡Admirable discurso!” Otros: “No hay más que decir. ¡Grandes y preciosísimas palabras!” Y un lisonjero, que procuraba pujar[256] a los otros la adulación, mintiendo de puntillas, dijo:
—Oyéndote ha desfallecido pasmada la admiración y la dotrina.
El tal señor, encantusado[257] y dando dos ronquidos, parleros del ahito, con promesas de vómito, derramó con zollipo[258] estas palabras:
—Afligido me tiene la pérdida de las dos naves mías.
En oyéndolo, se afilaron los lisonjeros de embeleco[259], y, revistiéndoseles la mesma mentira, dijeron unos que “antes la pérdida le había sido de autoridad y a pedir de boca, y que por útil debiera haber deseádola, pues le ocasionaba causa justa para romper con los amigos y vecinos que le habían robado, y que por dos les tomaría ducientos, y que esto él se obligaba a disponerlo”[260]. Salpicó el detestable adulador este enredo de ejemplos.
Otros dijeron “había sido la pérdida glorioso suceso y lleno de majestad, porque aquél era gran príncipe, que tenía más que perder, y que en eso se conocía su grandeza, y no en gañar[261] y adquirir, que es mendiguez propia de piratas y ladrones”. Y añadió que “aquesta pérdida había de ser su remedio”. Y luego empezó a granizarle de aforismos y autores, ensartando a Tácito y a Salustio, a Polibio y Tucídides, embutiendo las grandes pérdidas de los romanos y griegos y otra gran cáfila de dislates. Y como el glotonazo no buscaba sino disculpas de su flojedad, alegró la pérdida con el engaño. No hiciera más el diablo.
En esto, a persuasión de las crudezas, por el mal despacho de la digestión, disparó un regüeldo. No le hubieron oído, cuando los malvados lisonjeros, hincando con suma veneración la rodilla, por hacerle creer había estornudado[262], dijeron: “Dios le ayude[263]”. Pues cógele la hora, y, revestido de furias infernales, aullando, dijo:
—Infames, pues me queréis hacer encreyentes[264] que es estornudo el regüeldo, estando mi boca a los umbrales de mis narices, ¿qué haréis de lo que ni veo ni güelo?
Y dándose de manotadas en las orejas y mosqueándose de[265] mentiras, arremetió con ellos y los derramó a coces de su palacio, diciendo:
—Príncipes, si me cogen acatarrado[266], me destruyen. Por un sentido que me dejaron libre se perdieron: no hay cosa como oler.