XVI. Los codiciosos, escarmentados, se apartaron de los tramposos, y los tramposos, por no pagar de balde el embuste, se embistieron unos a otros, disimulándose en las palabras y dándose un baño exterior de simplicidad. Decíanse el un embustero al otro:
—Señor mío, escarmentado de tratar con tramposos, que me tienen destruido, vengo a que, pues sabéis mi puntualidad, me prestéis tres mil reales en vellón, de que os daré letra acetada a dos meses, que se pagará en plata, en persona tan abonada, que es como tenerlos en la bolsa, y que no es menester más de llegar y contar.
Y era éste en quien daba la letra la misma trampa. Mas el tramposo, que oía al otro tramposo que le abonaba al tercer tramposo, disimulando el conocerlos, y adargándose del trampantojo, con lamentación ponderada le dijo que él andaba a buscar cuatro mil reales sobre prenda que valía ocho, y que a ese efecto había salido de su casa. Andaban chocando[267] los unos con los otros con cadenas de alquimia, hipócritas del oro, y letras falsas acetadas, y con fiadores falidos y escrituras falsas, y hipotecas ajenas, y plata que habían pedido prestada para un banquete, y migajas de[268] pies de tazas de vidrio, y claveques[269] con apellido de diamantes. Era admirable la prosa que gastaban. Uno decía:
—Yo profeso verdad, y se ha de hallar en mí, si se perdiere. No profeso sino pan por pan y vino por vino[270]. Antes moriré de hambre, pegada la boca a la pared[271], que hacer ruindad. No quiero sino crédito. No hay tal como poder traer la cara descubierta[272]. Esto me enseñaron mis padres.
Respondía el otro tramposo:
—No hay cosa como la puntualidad. Sí por sí y no por no[273]. Por malos medios no quiero hacienda. Toda mi vida he tenido esta condición. No quiero tener que restituir; lo que importa es el alma. No haría una trampa por los haberes del mundo. Más quiero mi conciencia que cuanto tiene la tierra.
En esto estaban las ratoneras vivas, arrebozando de cláusulas justificadas las intenciones cardas[274], cuando los cogió de medio a medio la hora, y, creyéndose los unos tramposos a los otros, se destruyeron. El de la cadena de alquimia la daba por la letra falsa, y el de los diamantes claveques tomaba por ellos la plata prestada. Los tres partieron al contraste[275]. El otro a verificar la letra y asegurarla y perder la mitad, porque se la pagasen antes que se averiguase el cadenón de hierro viejo. Llegó volando a la casa del hombre en cuyo nombre estaba acetada, el cual le dijo que aquella letra no era suya ni conocía tal hombre, y envióle noramala[276]. Él se salió, letra entre piernas[277], diciendo:
—¡Oh, ladrón! ¡Cuál me la habrías pegado[278] si la cadena no fuera de trozos de jeringa!
El de los claveques decía, estando vendiendo la plata a un platero sin hechura y por menos[279] del peso:
—¡Bien se la pegué con mendrugos de vidrio!