En esto llegó el dueño, y conociendo su plata, que andaba dando cosetadas[280] en el peso, llamó a un alguacil y hizo prender al tramposo por ladrón. Empelazgáronse[281]. Al ruido salió el de los diamantes falsos dando gritos. El que vendía la plata, dijo:

—Ese infame me la vendió.

El otro decía:

—Miente; que ése me la ha hurtado.

El platero decía:

—Ese maulero[282] me traía chinas por diamantes.

El dueño de la plata requería que los prendiesen a entrambos. El escribano decía que a todos tres hasta que se averiguase. El alguacil, poniéndose la vara en la boca y asiendo a los dos tramposos con las dos manos, y el escribano de la capa al dueño de la plata, después de haberse desgarrado las jetas unos a otros, con gran séquito de pícaros[283] fueron entregados en la cárcel al guardajoyas del verdugo[284].

XVII. En Dinamarca había un señor de una isla poblada con cinco lugares. Estaba muy pobre, más por la ansia de ser más rico que por lo que le faltaba. Castigó el cielo a los vecinos y naturales desta isla con inclinación casi universal a ser arbitristas. En este nombre hay mucha diferencia en los manuscritos: en unos se lee arbitristes; en otros, arbatristes, y en los más, armachismes. Cada uno enmiende la lección como mejor le pareciere a sus acontecimientos. Por esta causa, esta tierra era habitada de tantas plagas como personas. Todos los circunvecinos se guardaban de las gentes desta isla como de pestes andantes, pues de sólo el contagio del aire que pasado por ella los tocaba, se les consumían los caudales, se les secaban las haciendas, se les desacreditaba el dinero y se les asuraba[285] la negociación. Era tan inmensa la arbitrería que producía aquella tierra, que los niños, en naciendo, decían arbitrio por decir taita[286]. Era una población de laberintos, porque, las mujeres con sus maridos, los padres con los hijos, los hijos con los padres y los vecinos unos con otros, andaban a daca mis arbitrios y toma los tuyos[287], y todos se tomaban del arbitrio como del vino.

Pues este buen señor, en las partes de allende, convencido de la cudicia, que es uno de los peores demonios que esgrimen cizaña en el mundo, mandó tocar a arbitrios. Juntáronse legiones de arbitrianos en el teatro del palacio[288], empapeladas las pretinas y asaeteadas de legajos de discursos las aberturas de los sayos. Díjoles su necesidad, pidióles el remedio. Todos a un tiempo echando mano a sus discursos, y con cuadernos en ristre, embistieron en turba multa, y, ahogándose unos en otros por cuál llegaría antes, nevaron[289] cuatro bufetes de cartapeles[290]. Sosegó el runrún que tenían, y empezó a leer el primer arbitrio. Decía así:

“Arbitrio para tener inmensa cantidad de oro y plata sin pedirla ni tomarla a nadie”.