Acabó de mamullar[309] estas razones, y, juntando la nariz con la barbilla, a manera de garra, las hizo un gesto de la impresión del grifo. Una de las pidonas y tomascas[310], arrebatiña en naguas, moño rapante, la respondió:
—Agüela, endilgadora de refocilos, engarzadora de cuerpos, eslabonadora de gentes, enflautadora de personas, tejedora de caras[311], has de advertir que somos muy mozas para vendernos a la pu barbada[312] y a los cazasiglos[313]. Gasta esa munición en dueñas, que son mayas[314] de los difuntos y mariposas[315] del aquí yace. Tía, la sangre que bulle, más quiere tararira[316] que dineros y gusto que dádivas. Toma otro oficio; que los coches se han alzado a mayores con la coroza, y espero verlos tirar pepinazos por alcahuetes.
No hubo la buscona acabado estas palabras, cuando a todas las cogió la hora, y, entrando una bocanada de acreedores, embistieron con ellas. Uno, por el alquiler de la casa las embargaba los trastos y la cama; otro, porque eran suyos, desde las almohadas a la guitarra, las asía de los vestidos por los alquileres y asía de todo. Y de palabra en palabra, el uno al otro se empujaron las caras con los puños cerrados. Hundía la vecindad a gritos un ropero por unos guardainfantes. Las mancebitas de la sonsaca[317] formaban una capilla de chillidos, diciendo que qué término era aquél y que para ésta y para aquélla, y como creo en Dios, y bonitas somos nosotras, y lo del negro, a quien apelan las venganzas de las andorras[318]. La maldita vieja se santiguaba a manotadas, y no cesaba de clamar: “¡Jesús y en Jesús!” cuando[319] a la tabaola[320] entró el amigo de la una de las busconas, y, sacando la espada, sin prólogo de razonamiento, embistió con los cobradores, llamándolos pícaros y ladrones. Sacaron las espadas y, tirándose unos a otros, hicieron pedazos cuanto había en la casa. Las busconas, a las ventanas, desgañitándose, pregonaban el que se matan y ¿no hay justicia? Al ruido subió un alguacil con todos sus arrabales, con el favor al Rey, ténganse a la justicia[321].
Emburujáronse[322] todos en la escalera; salieron a la calle, unos heridos y otros desgarrados. El rufián, abierta la media cabeza y la otra media, a lo que sospecho, no bien cerrada, sin capa y sombrero, se fué a una iglesia. El alguacil entró en la casa, y, en viendo a la buena vieja, embistió con ella, diciendo:
—¿Aquí estás, bellaca, después de desterrada tres veces? Tú tienes la culpa de todo.
Y asiéndola y a las demás todas, y embargando lo que hallaron, las llevaron en racimo a la cárcel, desnudas y remesadas, acompañadas del vayan las pícaras, pronunciado por toda la vecindad.
XIX. Un letrado bien frondoso de mejillas, de aquéllos que, con barba negra y bigotes de buces[323], traen la boca con sotana y manteo, estaba en una pieza atestada de cuerpos tan sin alma como el suyo. Revolvía menos los autores que las partes. Tan preciado de rica librería, siendo idiota, que se puede decir que en los libros no sabe lo que se tiene. Había adquirido fama por lo sonoro de la voz, lo eficaz de los gestos, la inmensa corriente de las palabras en que anegaba a los otros abogados. No cabían en su estudio los litigantes de pies, cada uno en su proceso como en su palo, en aquel peralvillo[324] de las bolsas. Él salpicaba de leyes a todos. No se le oía otra cosa sino:
—Ya estoy al cabo; bien visto lo tengo; su justicia de vuesa merced no es dubitable; ley hay en propios términos; no es tan claro el día; éste no es pleito, es caso juzgado; todo el derecho habla en nuestro favor; no tiene muchos lances; buenos jueces tenemos; no alega el contrario cosa de provecho; lo actuado está lleno de nulidades; es fuerza que se revoque la sentencia dada; déjese vuesa merced gobernar.
Y con esto, a unos ordenaba peticiones; a otros, querellas; a otros, interrogatorios; a otros, protestas; a otros, súplicas, y a otros, requerimientos. Andaban al retortero los Bártulos, los Baldos, los Abades, los Surdos, los Farinacios, los Tuscos, los Cujacios, los Fabros, los Ancharanos, el señor presidente Covarrubias, Chasaneo, Oldrado, Mascardo, y tras la ley del reino, Montalvo y Gregorio López, y otros inumerables[325], burrajeados[326] de párrafos, con sus dos corcovas de la ce abreviatura, y de la efe[327] preñada con grande prole de números, y su ibi a las ancas. La nota de la petición pedía dineros; el platicante, la pitanza[328] de escribirla; el procurador, la de presentarla; el escribano de la cámara[329], la de su oficio; el relator, la de su relación. En estos dacas, los cogió la hora, cuando los pleiteantes dijeron a una voz:
—Señor licenciado: en los pleitos, lo más barato es la parte contraria, porque ella pide lo que pretende que la den, y lo pide a su costa, y vuesa merced, por la defensa, pide y cobra a la nuestra; el procurador, lo que le dan; el escribano y el relator, lo que le pagan. El contrario aguarda la sentencia de vista y revista, y vuesa merced y sus secuaces sentencian para sí sin apelación. En el pleito podrá ser que nos condenen o nos absuelvan, y en seguirle no podemos dejar de ser condenados cinco veces cada día. Al cabo, nosotros podemos tener justicia; mas no dinero. Todos esos autores, textos y decisiones y consejos no harán que no sea abominable necedad gastar lo que tengo por alcanzar lo que otro tiene y puede ser que no alcance. Más queremos una parte contraria que cinco. Cuando nosotros ganemos el pleito, el pleito nos ha perdido a nosotros. Los letrados defienden a los litigantes en los pleitos como los pilotos en las borrascas los navíos, sacándoles cuanto tienen en el cuerpo, para que, si Dios fuere servido, lleguen vacíos y despojados a la orilla. Señor mío: el mejor jurisconsulto es la concordia, que nos da lo que vuesa merced nos quita. Todos, corriendo, nos vamos a concertar con nuestros contrarios. A vuesa merced le vacan las rentas[330] y tributos que tiene situados sobre nuestra terquedad y porfía. Y cuando por la conveniencia perdamos cuanto pretendemos, ganamos cuanto vuesa merced pierde. Vuesa merced ponga cédula de alquiler en sus textos; que buenos pareceres los dan con más comodidad las cantoneras. Y pues ha vivido de revolver caldos, acomódese a cocinero y profese de cucharón.