XX. Los taberneros, de quien, cuando más encarecen el vino, no se puede decir que lo suben a las nubes[331], antes que bajan las nubes al vino, según le llueven[332], gente más pedigüeña del agua que los labradores, aguadores de cuero, que desmienten con el piezgo los cántaros, estaban con un grande auditorio de lacayos, esportilleros y mozos de sillas y algunos escuderos, bebiendo de rebozo seis o siete dellos en maridaje de mozas gallegas, haciendo sed bailando, para bailar bebiendo. Dábanse de rato en rato grandes cimbronazos[333] de vino. Andaba la taza de mano en mano, sobre los dos dedos, en figura de gavilán. Uno de ellos, que reconoció el pantano mezclado, dijo: “¡Rico vino!” a un picarazo a quien brindó. El otro, que, por lo aguanoso, esperaba antes pescar en la copa ranas que soplar mosquitos, dijo:
—Éste es, verdaderamente, rico vino, y no otros vinos pobretones[334], que no llueve Dios sobre cosa suya.
El tabernero, sentido de los remoquetes[335], dijo:
—Beban y callen los borrachos.
—Beban y naden, ha de decir—replicó un escudero.
Pues cógelos a todos la hora, y, amotinados, tirándole las tazas y jarros, le decían:
—Diluvio de la sed, ¿por qué llamas borrachos a los anegados? ¿Vendes por azumbres lo que llueves a cántaros y llamas zorras a los que haces patos? Más son menester fieltros y botas de baqueta para beber en tu casa que para caminar en invierno, infame falsificador de las viñas.
El tabernero, convencido de Neptuno, diciendo: “¡Agua, Dios, agua!”, con el pellejo en brazos, se subió a una ventana y empezó a gritar, derramando el vino:
—Agua va, que vacío.
Y los que iban por la calle, respondían: