En esto los cogió la hora, y desatinándole la cólera, dijo:

—Los demonios me están retentando de mataros a puñaladas y abernardarme y hacer Roncesvalles estos montes[431].

Los bugres[432], viéndole demudado y colérico, se levantaron con un zurrido monsiur, hablando galalones[433], pronunciando el mondiu en tropa y la palabra coquin. En mal punto la dijeron, que el español, arrancando la daga[434] y arremetiendo al amolador, le obligó a soltar el carretoncillo, el cual, con el golpe, empezó a rodar por aquellas peñas abajo, haciéndose andrajos. En tanto, por un lado de las ratoneras, le tiró un fuelle; mas, embistiendo con él a puñaladas, se los hizo flautas y astillas las ratoneras. El de los peines y alfileres, dejando el cajón en el suelo, tomó pedrisco. Empezaron todos tres contra el pobre español y él contra todos tres a descortezarse a pedradas: munición que a todos sobra en aquel sitio, aun para tropezar.

De miedo de la daga, tiraban los gabachos[435] desde lejos. El español, que se reparaba con la capa, dió un puntapié al cajón de alfileres, el cual, a tres calabazadas que rodando se dió en unas peñas, empezó a sembrar peines y alfileres, y viéndole disparar púas de azófar, hecho erizo de madera, dijo:

—Ya empiezo a servir a mi Rey.

Y viendo llegar pasajeros de a mula[436] que los despartieron, les pidió le diesen fe de aquella vitoria que a fuer de espulgo había tenido contra las comezones de España.

Riéronse los caminantes sabida la causa, y, llevándose al español a las ancas de una mula, dejaron a los franceses ocupados en dar tapabocas[437] a los fuelles, y bizmar las ratoneras, y remendar el carretón, y buscar los alfileres, que se habían sembrado por aquellos cerros. El español, desde lejos, yendo caminando, les dijo a gritos:

—Gabachos, si son malcontentos en su tierra, agradézcanme el no dejar de ser quien son en la mía.

XXXII. La serenísima república de Venecia, que, por su gran seso y prudencia, en el cuerpo de Europa hace oficio de cerebro, miembro donde reside la corte del juicio, se juntó en la grande sala a consejo pleno. Estaba aquel consistorio encordado de diferentes voces, graves y leves, en viejos y en mozos; unos doctos por las noticias, otros por las experiencias: instrumento tan bien templado y de tan rara armonía, que, al son suyo, hacen mudanzas todos los señores del mundo. El Dux, príncipe coronado de aquella poderosa libertad, estaba en solio eminente con tres consejeros por banda; de la una parte, un capo de cuarenta; de la otra, dos. Asistían próximos los secretarios que cuentan las boletas, y en sus lugares, en pie, los ministros[438] que las llevan. El silencio desaparecía a los oídos de tan grande concurso, excediendo de tal manera al de un lugar desierto, que se persuadían los ojos era auditorio de escultura: tan sin voz estaban los achaques en los ancianos y el orgullo en los mancebos. Rompiendo esta atención, dijo:

—La malicia introduce la discordia[439], y la disimulación hace bienquisto al que siembra la cizaña del propio que la padece. A nosotros nos ha dado la paz y las vitorias la guerra que habemos ocasionado a los amigos, no la que hemos hecho a los contrarios. Seremos libres en tanto que ocupáremos a los demás en cautivarse. Nuestra luz nace de la disensión; somos dicípulos de la centella que nace de la contienda del pedernal y del eslabón. Cuanto más se aporrean y más se descalabran los monarcas, más nos encendemos en resplandores. Italia, después que falleció[440], es a la manera de una doncella rica y hermosa, que, por haber muerto sus padres, quedó en poder de tutores y testamentarios con deseo de casarse; empero los testamentarios, como cada uno se le ha quedado con un pedazo, por no restituirla su dote y quedarse con lo que tienen en su poder, unos se la niegan y afean al Rey de España, que la pretende; otros, al Rey de Francia, que la pide, poniendo en los maridos las faltas que estudian en sí. Estos tutores tramposos son los potentados, y entre ellos no se puede negar que nosotros no la hemos arrebatado grande parte de su patrimonio. Hoy aprietan la dificultad por casarse con ella estos dos pretensores. Del Rey de Francia nos hemos valido para trampear esta novia al Rey Católico, que, por la vecindad de Milán y Nápoles, la hace señas y registra desde sus ventanas las suyas. El Rey Cristianísimo, que, por estar lejos, no la podía rondar ni ver, y se valía de papeles, hoy, con las tercerías de Saboya y Mantua y Parma, y llegándose a Piñarol, la acecha y galantea, nos obliga a que se la trampeemos a él. Esto es fácil, porque los franceses con menos trabajo se arrojan que se traen; con su furia, echan a los otros, y con su condición, a sí mismos. Empero conviene que se disponga esta zancadilla de suerte que, haciendo efectos de divorcio, cobremos caricias de casamenteros. Derramada tiene la atención el Rey Cristianísimo y delincuente la codicia en Lorena, y peligrosas en Alemania las armas, pobres sus vasallos. Tiene desacreditada la seguridad en el mundo, por esto, temerosos en Italia los confidentes. Entradas son que no apurarán nuestra sutileza para lograrlas, pues su propio ruido disimulará nuestros pasos. No hemos menester gastar sospecha en los que se han fiado dél, que sus arrepentimientos nos la ahorran. Lo que me parece es que, con alentarle a que prosiga en los hervores de su ambicioso y crédulo desvanecimiento, conquistaremos al Rey de los franceses con Luis XIII. El esfuerzo último se ha de poner en conservar y crecer en su gracia a su privado. Éste, que le quita cuanto se añade, le disminuye al paso que crece[441]. Mientras el vasallo fuere señor de su Rey, y el Rey vasallo de su criado, aquél será aborrecido por traidor, y éste despreciado por vil. Para decir muera el Rey en público, no sólo sin castigo, sino con premio, se consigue con decir viva el privado. No sé si le fué más aciago a su padre Francisco Revellac[442], que a él Richeleu; lo que sé es que entre los dos le han dejado huérfano: aquél, sin padre; éste, sin madre. Dure Armando, que es como la enfermedad, que durando acaba u se acaba. Por muy importante juzgo el pensar sobre la sucesión del Rey Cristianísimo, la cual no se espera en descendientes, antes que vuelva a su hermano, cuyo natural da buenas promesas a nuestro acecho. Es fuego que podremos derramar a soplos, y de tal condición, que se atiza a sí mismo; hombre quejoso del bien que recibe, por lo que tiene desobligado al Rey de España y atesorada discordia, que podremos encaminar como nos convenga. Francia está sospechosa con la[443] descendencia real que el privado se achaca con genealogías compradas, y temerosa de ver agotados todos los cargos en su familia y todas las fuerzas en poder de sus cómplices. Esles recuerdo Momoranci degollado y tantos grandes señores y ministros o en destierro o en desprecio. Sospechan que en la sucesión ha de haber rebatiña y no herencia. Las cosas de Alemania no admiten cura con el Palatino desposeído, y con el de Lorena, y los desinios del Duque de Sajonia, y los protestantes por el imperio contra la Casa de Austria. Italia está, al parecer, imposibilitada de paz por los presidios que los franceses tienen en ella. Al Rey de España sobran ocupaciones y gastos con los olandeses, que en Flandes le han tomado[444] lo que tenía y le quieren tomar lo que tiene; que se han apoderado en la mejor y mayor parte del Brasil del palo, tabaco y azúcar, con que se aseguran flota; que se han fortificado en una isla de las de barlovento. Júntase a esto el cuidado de mantener al Emperador la oposición a los franceses por el Estado de Milán. Nosotros, como las pesas en el reloj de faltriquera, hemos de mover cada hora y cada punto estas manos, sin ser vistos ni oídos, derramando el ruido a los otros, sin cesar ni volver atrás. Nuestra razón de estado es vidriero que, con el soplo, da las formas y hechuras a las cosas, y de lo que sembramos en la tierra a fuerza de fuego, fabricamos hielo[445].