En esto, los cogió la hora, que, apoderándose del capricho de un republicón de los Capidiechi, le hizo razonar en esta manera:

—Venecia es el mismo Pilatos. Pruébolo. Condenó al Justo y lavó sus manos: ergo. Pilatos soltó a Barrabás, que era la sedición, y aprisionó a la paz, que era Jesús: igitur. Pilatos, constante, digo pertinaz, dijo: “Lo que escribí, escribí”: tenet consequentia. Pilatos entregó la salud y la paz del mundo a los alborotadores para que la crucificasen, non potest negari.

Alborotóse todo el consistorio en voces. El Dux, con acuerdo de muchos y de los semblantes de todos, mandó poner en prisiones al republicón y que se averiguase bien su genealogía, que, sin duda, por alguna parte decendía de alguno que decendía de otro, que tenía amistad con alguno que era conocido de alguno, que procedía de quien tuviese algo de español.

XXXIII. Juntó el preclaro e ilustrísimo Dux de Génova todo aquel excelentísimo Senado para oír al Embajador del Rey Cristianísimo, el cual razonó desta manera:

—Serenísima República: El Rey, mi señor, que siempre ha tenido las libertades de Italia en igual precio que la majestad de su corona, asistiendo a su conservación con todo su poderío, celoso de vuestra paz, sin pretender otro aumento que el de los Príncipes que en ella, en división concorde, poseen la mejor y más hermosa parte del mundo, hoy me manda que, en su nombre, os haga recuerdo de que, como muy obediente hijo de la Iglesia romana y seguro vecino de todos los potentados, desea justificar sus acciones en vuestros oídos y desempeñar para con todos su afecto y benevolencia. Mejor sabéis vosotros lo que padecéis que nosotros lo que oímos y vemos desde lejos. Muchos años han pasado por vosotros en guerras continuadas, introducidas por las desavenencias del Duque de Saboya, cuyos confines siempre os fueron sospechosos y molestos, a los cuales se opuso el Rey Católico con nombre de árbitro[446]. Habéis visto los campos anegados en sangre y horribles con cuerpos muertos; las ciudades, asoladas por sitios y por asaltos; el país, robado por los alojamientos; en vuestras tierras los alemanes, gente feroz, número a quien acompaña en las almas la herejía; en los cuerpos, la hambre y la peste. No hallará vuestra advertencia culpado al Rey, mi señor, en alguna de estas calamidades, pues solamente ha asistido al socorro de la parte más flaca, no con intento de que, venciendo, se aumentase, sino de que, defendiéndose, no dejase aumentar al contrario, para que el derecho de cada uno quedase sin ofensa y justificado, y el Monferrato, que ha sido vientre destas disensiones[447], no fuese premio de alguna codicia. Con este fin ha sustentado grandes ejércitos, y alguna vez acompañádolos en persona, venciendo las fortificaciones del invierno en los Alpes, por abrir la puerta a vuestros socorros, volviendo triunfante con sólo este útil. Hoy, que parece estar furioso el mundo y que vuestra asistencia le ha solicitado odios poderosos en todas partes, se promete que esta serenísima República le tendrá por tan buen amigo en sus puertos como al Rey de España, cuando, con mantener con los dos neutralidad, mostrará que conoce el santo celo del Rey, mi señor, y la justificación de sus armas.

El Dux, viendo que el monsiur[448] había dado fin a su propuesta, respondió:

—Damos gracias a Dios que, en asistir con amor y reverencia al Rey Cristianísimo, no tenemos qué ofrecer sino la continuación de lo que hasta el día de hoy se ha hecho. Hemos oído en vuestras palabras lo que hemos visto: fácil es persuadir a los testigos. Y si bien pudiera turbar nuestra confianza el haber abrigado vuestro Rey, con los socorros de la Digera[449] las discordias con que la alteza de Saboya pretendió destruir o molestar esta República, que, a no socorrerla el Rey Católico, se viera en confusión, y asimismo pudiera escarmentarla el haber apoderádose las armas francesas de Susa y Piñarol y el Casal, en Italia, a imitación del que, en achaque de meter paz en una pendencia, se va con las capas de los que riñen; acrecentando con horror esta sospecha el haber la Majestad Cristianísima hecho al Duque de Lorena la vecindad del humo, que le echó de su casa[450] llorando; empero nosotros, no reparando en los semblantes destas acciones, somos y seremos siempre los más afectos a su corona. Esto cuanto dieren lugar las grandes obligaciones que esta señoría y todos sus particulares tienen y conocen al Monarca de las Españas, en cuyo poder estamos defendidos, con cuya grandeza ricos, en cuya verdad y religión descansamos seguros. Y así, para resolver el punto de la neutralidad que se nos pide, es justo se llamen a este consejo todos los repúblicos, en cuyo caudal está la negociación.

Pareció bien al Embajador y al Senado. Fué persona grave a llamarlos, con orden les dijese a qué fin y que viniesen luego. Fué el diputado, y llegando a Banchi[451], donde los halló juntos, les dió su embajada y la razón della. En esto los cogió a todos la hora, y demudándose los nobilísimos ginoveses, dijeron al magnífico que respondiese al serenísimo Dux que:

“Habiendo entendido la propuesta del Rey de Francia, y queriendo ir a obedecer su mandato, se les habían pegado de suerte los asientos de España, que no se podían levantar. Y que fueran con los asientos arrastrando; mas no era posible arrancarlos, por estar clavados en Nápoles y Sicilia y remachados con los juros de España. Que advertían a su serenidad que el Rey de Francia caminaba como galeote, con las espaldas vueltas[452] hacia donde quiere ir derecho, tirando para sí, y que abra los ojos, que aquella Majestad ha sido inquisidor contra herejes y hoy es hereje contra inquisidores”.

Volvió el magnífico[453] y dió en alta voz esta respuesta. Quedó monsiur amostazado y confuso, con bullicio mal atacado, arrebañando una capa de estatura de mantellina, con cuello de garnacha. El Dux, por alargarle la saña, le dijo: