—Decid al Rey Cristianísimo que ya que esta República no puede servirle en lo que pide, le ofrece, si prosiguiere en venir a Italia, un aniversario perpetuo en altar de alma por los franceses que, muriendo, acompañaren a los que hicieron cimenterio el bosque de Pavía, empedrándole de calaveras, y de hacer a Su Majestad la costa todo el tiempo que estuviere preso en el Estado de Milán, y desde luego le ofrecemos para su rescate cien mil ducados, y vos llevaos esa historia del emperador Carlos V para entreteneros en el camino, y servirá de itinerario a vuestro gran Rey.

El monsiur, ciego de cólera, dijo:

—Vosotros habéis hablado como buenos y leales vasallos del Rey Católico, a quien los propios asientos que me niegan la neutralidad han hecho gallegos de allende y ultramarinos.

XXXIV. Los alemanes, herejes y protestantes, en quienes son tantas las herejías como los hombres, que se gastan en alimentar la tiranía de los suecos, las traiciones del Duque de Sajonia, Marqués de Brandenburg y Landtgrave de Hessen; hallándose corrompidos de mal francés, trataron de curarse de una vez, viendo que los sudores de tantos trabajos no habían aprovechado, ni las unciones que con ungüento de azogue los dieron en la estufa de Nortlingen[454], ni las copiosas sangrías, usque ad animi deliquium, de tantas rotas. Juntaron todos los mejores médicos racionales y espagíricos[455] que hallaron, y, haciéndoles relación de sus achaques, les pidieron remedio eficaz. Algunos fueron de parecer que la medicina era purgarlos de todos los humores franceses que tenían en los huesos. Otros, afirmando que el mal estaba en las cabezas, ordenaron evacuaciones, descargándolas de opiniones crasas con el tetrágono de Hipócrates, tan celebrado de Galeno, a que corresponde el tabaco en humo en la forma. Otros, supersticiosos y dados a las artes secretas, afirmaron que lo que padecían no eran enfermedades naturales, sino demonios que los agitaban, y que, como endemoniados, necesitaban de exorcismos y conjuros. En esta discordia estudiosa estaban cuando los cogió la hora, y, alzando la voz, un médico de Praga, dijo:

—Los alemanes no tienen en su enfermedad remedio, porque sus dolencias y achaques solamente se curan con la dieta[456], y en tanto que estuvieren abiertas las tabernas de Lutero y Calvino, y ellos tuvieron gaznates y sed y no se abstuvieren de los bodegones y burdeles de Francia, no tendrán la dieta de que necesitan.

XXXV. El Gran Señor, que así se llama el Emperador de los turcos, monarca, por los embustes de Mahoma, en la mayor grandeza unida que se conoce, mandó juntar todos los cadís, capitanes, beyes y visires[457] de su Puerta, que llama excelsa, y con ellos todos los morabitos y personas de cargos preeminentes, capitanes generales y bajaes, todos, o la mayor parte, renegados; y asimismo los esclavos cristianos que en perpetuo cautiverio padecen muerte viva en las torres de Constantinopla, sin esperanza de rescate, por la presunción de aquella soberbia majestad, que tiene por indecente el precio por esclavos y por plebeya la celestial virtud de la misericordia. Fué por esto grande el concurso y mayor la suspensión de todos viendo un acto en aquella forma, sin ejemplar en la memoria de los más ancianos. El Gran Señor, que juzga a desautoridad[458] que sus vasallos oigan su voz y traten su persona aun con los ojos, estando en trono sublime, cubierto con velos que sólo daban paso confuso a la vista, hizo seña muda para que oyesen a un morisco de los expulsos de España las novedades a que procuraba persuadirle. El morisco, postrado en el suelo, a los pies del Emperador tirano, en adoración sacrílega, y volviéndose a levantar, dijo:

—Los verdaderos y constantes mahometanos, que en larga y trabajosa captividad en España, por largas edades abrigamos oculta en nuestros corazones la ley del profeta descendiente de Agar, reconocidos a la benignidad con que el todopoderoso Monarca del mundo, Gran Señor de los turcos, nos consintió lastimosas reliquias de expulsión dolorosa, hemos determinado hacer a su grandeza y majestad algún considerable servicio, valiéndonos de la noticia que trujimos, por falta del caudal que, con el despojo, nos dejó número inútil. Y para que se consiga, proponemos que, para gloria desta nación, y el premio[459] de los invencibles capitanes y beyes en las memorias[460] de sus hazañas, conviene, a imitación de Grecia, y Roma, y España, dotar Universidades y estudios, señalar premios a las letras, pues por ellas, habiendo fallecido los monarcas y las monarquías, hoy viven triunfantes las lenguas griega y latina, y en ellas florecen, a pesar de la muerte, sus hazañas y virtudes y nombres, rescatándose del olvido de los sepulcros por el estudio que los enriqueció de noticias y sacó de bárbaras a sus gentes. Lo segundo, que se admita y platique el derecho y leyes de los romanos, en cuanto no fueren contra la nuestra, para que la policía crezca, las demasías se repriman, las virtudes se premien, se castiguen los vicios y la justicia se administre por establecimientos que no admiten pasión ni enojo ni cohecho, con método seguro y estilo cierto y universal. Lo tercero, que para el mejor uso del rompimiento en las batallas, se dejen los alfanjes corvos por las espadas de los españoles, pues en la ocasión son para la defensa y la ofensa más hábiles, ahorrando con las estocadas grandes rodeos de los movimientos circulares; por lo cual, llegando a las manos con los españoles, que siempre han usado mejor[461] que todas las naciones esta destreza, hemos padecido grandes estragos. Son las espadas mucho más descansadas al pulso y a la cinta. Lo cuarto, para conservar la salud y cobrarla si se pierde, conviene alargar en todo y en todas maneras el uso del beber vino, por ser, con moderación, el mejor vehículo del alimento y la más eficaz medicina, y para aumentar las rentas del Gran Señor y de sus vasallos con el tráfigo[462] (el tesoro más numeroso), por ser las viñas artífices de muchos licores diferentes con sus frutos y en todo el mundo mercancía forzosa, y para esforzar los espíritus al coraje de la guerra y encender la sangre en hervores temerarios, más eficaces que el Anfión y más racionales, a que no se debe obstar por la prohibición de la ley en que se ha empezado a dispensar. Y para que se disponga, daráse interpretación conveniente y ajustada. Y ofrecemos para la disposición de todo lo referido arbitrios y artífices que lo dispongan sin costa ni inconveniente alguno, asegurando gloriosos aumentos y esplendor inestimable a todos los reinos del grande Emperador de Constantinopla.

Acabando de pronunciar esta palabra postrera, se levantó Sinan bey[463], renegado, y encendido en coraje rabioso, dijo:

—Si todo el Infierno se hubiera conjurado contra la Monarquía de los turcos no hubiera pronunciado cuatro pestes más nefandas que las que acaba de proponer este perro morisco, que entre cristianos fué mal moro y entre moros quiere ser mal cristiano[464]. En España quisieron levantarse éstos; aquí quieren derribarnos. No fué aquélla mayor causa de expulsión que ésta; justo será desquitarnos de quien nos los arrojó con volvérselos. No pretendió con tan último fin don Juan de Austria acabar con nuestras fuerzas cuando en Lepanto, derramando las venas de tantos genízaros, hizo nadar en sangre[465] los peces y a nuestra costa dió competidor al mar Bermejo; no con enemistad tan rabiosa el Persiano, con turbante verde, solicita la desolación de nuestro imperio; no don Pedro Girón, duque de Osuna, virey de Sicilia y Nápoles, siendo terror del mundo, procuró con tan eficaces medios, horrendo en galeras y naves y infantería armada, con su nombre formidable esconder en noche eterna nuestras lunas, que borró tantas veces, cuando, de temor de sus bajeles, se aseguraban las barcas desde Estambol a Pera[466], como tú, marrano infernal, con esas cuatro proposiciones que has ladrado. Perro, las monarquías con las costumbres que se fabrican se mantienen. Siempre las han adquirido capitanes, siempre las han corrompido bachilleres[467]. De su espada, no de su libro, dicen los reyes que tienen sus dominios; los ejércitos, no las universidades, ganan y defienden; victorias, y no disputas, los hacen grandes y formidables. Las batallas dan reinos y coronas; las letras, grados y borlas. En empezando una república a señalar premios a las letras, se ruega con las dignidades a los ociosos, se honra la astucia, se autoriza la malignidad y se premia la negociación, y es fuerza que dependa el vitorioso del graduado, y el valiente del dotor, y la espada de la pluma. En la ignorancia del pueblo está seguro el dominio de los príncipes; el estudio que los advierte, los amotina. Vasallos doctos, más conspiran que obedecen, más examinan al señor que le respetan; en entendiéndole, osan despreciarle; en sabiendo qué es libertad, la desean; saben juzgar si merece reinar el que reina, y aquí empiezan a reinar sobre su Príncipe[468]. El estudio hace que se busque la paz, porque la ha menester, y la paz procurada induce la guerra más peligrosa. No hay peor guerra que la que padece el que se muestra codicioso de la paz: con las palabras y embajadas pide ésta y negocia con el temor de los ruegos la otra. En dándose una nación a doctos y a escritores, el ganso pelado vale más que los mosquetes y lanzas, y la tinta escrita, más que la sangre vertida, y al pliego de papel firmado no le resiste el peto fuerte, que se burla de las cóleras del fuego, y una mano cobarde, por un cañón tajado, se sorbe desde el tintero las honras, las rentas, los títulos y las grandezas. Mucha gente baja se ha vestido de negro en los tinteros, de muchos son los algodones solares, muchos títulos y Estados decienden del burrajear[469]. Roma, cuando desde un surco que no cabía dos celemines de sembradura se creció en República inmensa, no gastaba dotores ni libros, sino soldados y astas[470]. Todo fué ímpetu, nada estudio. Arrebataba las mujeres que había menester, sujetaba lo que tenía cerca, buscaba lo que tenía lejos. Luego que Cicerón, y Bruto, y Hortensio, y César, introdujeron la parola y las declamaciones, ellos propios la turbaron en sedición, y, con las conjuras, se dieron muerte unos a otros y otros a sí mismos, y siempre la República, y los Emperadores y el Imperio, fueron deshechos, y, por la ambición de los elegantes, aprisionados. Hasta en las aves sólo padecen prisión y jaula las que hablan y chirrean, y, cuanto mejor y más claro, más bien cerrada y cuidadosa. Entonces, pues, los estudios fueron armerías contra las armas, las oraciones santificaban delitos y condenaban virtudes, y, reinando la lengua, los triunfos yacían so el poder de las palabras. Los griegos padecieron la propia carcoma de las letras: siguieron la ambición de las Academias: éstas fueron invidia de los ejércitos y los filósofos persecución de los capitanes. Juzgaba el ingenio a la valentía: halláronse ricos de libros y pobres de triunfos. Dices que hoy, por sus grandes autores, viven los varones grandes que tuvieron; que vive su lengua, ya que murió su Monarquía. Lo mismo sucede al puñal que hiere al hombre, que él dura y el hombre acaba, y no es consuelo ni remedio al muerto. Más valiera que viviera la Monarquía, muda y sin lengua, que vivir la lengua sin la Monarquía. Grecia y Roma quedaron ecos: fórmanse en lo hueco y vacío de su majestad, no voz entera, sino apenas cola de la ausencia de la palabra. Esos escritores que la acabaron quedaron después de acabarla[471] con vida, que les tasa el lector tan breve, que se regula en unos con el entretenimiento[472]; en otros, con la curiosidad. España, cuya gente en los peligros siempre fué pródiga de la alma, ansiosa de morir, impaciente de mucha edad, despreciadora de la vejez[473], cuando con incomparable valentía se armó en su total ruina y vencimiento y poca ceniza derramada, se convocó en rayo, y de cadáver se animó en portento; más atendía a dar que a escribir[474]; antes a merecer alabanzas que a componerlas; por su coraje hablaban las cajas y las trompas[475], y toda su prosa gastaba[476] en Sant Yago, muchas veces repetido. Ellos admiraron el mundo con Viriato y Sertorio; dieron esclarecidas victorias a Aníbal, y a César, que en todo el orbe de la tierra había peleado por la honra, obligaron a pelear por la vida. Pasaron de lo posible los encarecimientos del valor y de la fortaleza en Numancia. Destas y de otras inumerables hazañas nada escribieron: todo lo escribieron los romanos. Servíase su valentía de ajenas plumas; tomaron para sí el obrar; dejaron a los latinos el decir[477]; en tanto que no supieron ser historiadores, supieron merecerlos. Inventóse poco a poco la artillería[478] contra las vidas seguras y apartadas, falseando el calicanto a las murallas y dando más vitorias al certero que al valeroso. Empero luego se inventó la emprenta contra la artillería, plomo contra plomo, tinta contra pólvora, cañones contra cañones. La pólvora no hace efecto mojada: ¿quién duda que la moja la tinta por donde pasan las órdenes[479] que la aprestan y previenen? ¿Quién duda que falta[480] el plomo para balas después que se gasta en moldes fundiendo letras, y el metal en láminas? Perro, las batallas[481] nos han dado el imperio y las vitorias los soldados, y los soldados los premios. Éstos se han de dar siempre[482] a los que nos han dado los triunfos. Quien llamó hermanas las letras y las armas poco sabía de sus avalorios, pues no hay más diferentes linajes que hacer y decir. Nunca se juntó el cuchillo a la pluma que éste no la cortase; mas ella, con las propias heridas que recibe del acero, se venga dél. Vilísimo morisco, nosotros deseamos que entre nuestros contrarios haya muchos que sepan, y entre nosotros, muchos que venzan; porque de los enemigos queremos la vitoria, y no la alabanza.

Lo segundo que propones es introducir las leyes de los romanos. Si esto consiguieras, acabado habías con todo. Dividiérase todo el imperio en confusión de actores y reos, jueces y sobre jueces[483], y en la ocupación de abogados, pasantes, escribientes, relatores, procuradores, solicitadores, secretarios, escribanos, oficiales y alguaciles, se agotaran las gentes, y la guerra, que hoy escoge personas, será forzada a servirse de los inútiles y desechados del ocio contencioso. Habrá más pleitos, no porque habrá más razón, sino porque habrá más leyes. Con nuestro estilo tenemos la paz que habemos menester, y los demás la guerra que nosotros queremos que tengan; las leyes por sí buenas son y justificadas; mas, habiendo legistas, todas son tontas y sin entendimiento. Esto no se puede negar, pues los mismos jurisprudentes lo confiesan todas las veces que dan a la ley el entendimiento que quieren, presuponiendo que ella por sí no le tiene. No hay juez que no afirme que el entendimiento de la ley es el suyo, y con decir que se le dan, suponen que no le tiene. Yo, renegado soy, cristiano fuí y depongo de vista que no hay ley civil ni criminal que no tenga tantos entendimientos como letrados y jueces, como glosadores y comentadores, y a fuerza de entendimientos que la achacan, le falta el que tiene y queda mentecata. Por esto, al que condenan en el pleito, le condenan en lo que le pide el contrario y en lo que no le pide, pues se lo gasta la defensa, y nadie gana en el pleito sin perder en él todo lo que gasta en ganarle, y todos pierden y en todo se pierde. Y cuando falta razón para quitar a uno lo que posee, sobran leyes que, torcidas o interpretadas, inducen el pleito y le padecen igualmente el que le busca y el que le huye. Véase qué dos proposiciones nos encaminaba el agradecimiento del morisco. La tercera fué que dejásemos los alfanjes por las espadas. En esto, como no había muy considerable inconveniente, no hallo utilidad considerable para que se haga. Nuestro carácter es la media luna: ése esgrimimos en los alfanjes. Usar de los trajes y costumbres de los enemigos, ceremonia es de esclavos y traje de vencidos, y, por lo menos es premisa de lo uno u de lo otro[484]. Si hemos de permanecer, arrimémonos al aforismo que dice: Lo que siempre se hizo, siempre se haga; lo que nunca se hizo, nunca se haga; pues, obedecido, preserva de novedades[485]. Pique el cristiano y corte el turco, y a este morisco que arrojó aquél, éste le empale. En cuanto al postrero punto, que toca en el uso de las viñas y del vino, allá se lo haya la sed con el Alcorán. No es poco lo que en esto se permite días ha; empero advierto que si universalmente se da licencia al beber vino y a las tabernas, servirá de que paguemos la agua cara y bebamos a precio de lagares los pozos por azumbres. Mi parecer es, según lo propuesto, que este malvado perro aborrece más a quien le acoge que a quien le expele.