—O yo o este bardaje[640] hemos de quedar en el Olimpo, u he de pedir divorcio ante Himeneo.

Y si el águila, en que el picarillo estaba a la jineta, no se afufa[641] con él, a pellizcos lo desmigaja. Júpiter empezó a soplar el rayo, y ella le dijo:

—Yo te le quitaré para quemar al pajecito nefando.

Minerva, hija del cogote de Júpiter (diosa que si Júpiter fuera corito[642] estuviera por nacer), reportó con halagos a Junon[643]; mas Venus, hecha una sierpe, favoreciendo aquellos celos, daba gritos como una verdulera y puso a Júpiter como un trapo. Cuando Mercurio, soltando la tarabilla[644], dijo que todo se remediaría y que no turbasen el banquete celestial. Marte, viendo los bucaritos de ambrosía, como deidad de la carda y dios de la vida airada, dijo:

—¿Bucaritos a mí? Bébaselos la luna y estas diosecitas.

Y mezclando a Neptuno con Baco, se sorbió los dos dioses a tragos y chupones, y agarrando de Pan, empezó a sacar dél rebanadas y a trinchar[645] con la daga sus ganados, engulléndose los rebaños, hechos jigote, a hurgonazos[646]. Saturno se merendó media docena de hijos. Mercurio, teniendo sombrerillo, se metió de gorra con Venus, que estaba sepultando debajo de la nariz, a puñados, rosquillas y confites. Plutón, de sus bizazas[647] sacó unas carbonadas[648] que Proserpina le dió para el camino. Y viéndolo Vulcano, que estaba a diente[649], se llegó andando con mareta[650] y con un mogollón muy cortés, a poder de reverencias, empezó a morder de todo y a mascullar[651]. El Sol, a quien toca el pasatiempo, sacando su lira, cantó un himno en alabanza de Júpiter con muchos pasos de garganta. Enfadados Venus y Marte de la gravedad del tono y de las veras de la letra[652], él, con dos tejuelas, arrojó fuera de la nuez una jácara aburdelada de quejidos[653], y Venus, aullando de dedos con castañetones de chasquido, se desgobernó en un rastreado[654], salpicando de cosquillas con sus bullicios los corazones de los dioses. Tal cizaña derramó en todos el baile, que parecían azogados. Júpiter, que, atendiendo a la travesura de la diosa, se le caía la baba, dijo:

—¡Esto es despedir a Ganimedes, y no reprehensiones[655]!

Diólos licencia, y, hartos y contentos, se afufaron, escurriendo la bola a puto el postre[656], lugar que repartió el coperillo del avechucho[657].

NOTAS:

[110] “Pintan a las Horas alegres y llenas de luz y hermosura los poetas, sin que hayan visto las tales doncellas, ni en cueros ni vestidas, más que en los delirios de Homero, que debió pasarlas muy buenas en sus deliquios, y esto a fe que no pudo hacerse sin locura, pues que si hay horas buenas y felices, éstas son pocas y las malas muchas. Y puesto que no contaron las malas, bueno será que sepades que son viejas carcomidas del vicio y de la desventura, que arrojan venablos por la boca, punzan con sus garfios y esparcen tinieblas y espanto por el que pasan. Tales son las de los malos que por una hora buena se echan a cuestas las doce hermanas del Infierno, cuyo sol es Plutón, que las va pasando una a una, y, al llegar a la última, la desgarra y martiriza, para que, fénix de su propia rabia, renazca cien veces de sí misma para martirio de las almas. Mas como en asamblea se junten los dioses para juzgarlas, abre Júpiter el caos con sus ardientes rayos y con voz de trueno, que trueno y gordo es él mismo, y todo tiembla como esperando el juicio de la muerte, que es el peor de los juicios para quien no fué tan arreglado como debiera a sus leyes”. (Ms. de Lista). Es enojarse mucho, por lo amargamente que trata a todos.