—Monsiures lechuzas: se os otorga esa comparación y se os acuerda a vosotros y a cuantos coméis de lo sagrado lo que Homero refiere de los ratones cuando pelearon con las ranas, que, acudiendo a los dioses que los favoreciesen, se excusaron todos, diciendo unos que les habían roído una mano, otros un pie, otros las insignias, otros las coronas, otros los picos de las narices, y ninguno hubo que en su imagen o bulto no tuviese algo menos y señales de sus dientes. Aplicad ahora, ratones calvinistas, luteranos, hugonotes y reformados, y veréis en el cielo quién os ha de ayudar[629].

—¡Oh, inmenso Dios! cuál zacapella[630] y turbamulta armaron los bugres con el monseñor. La discordia del campo de Agramante, en su comparación, era un convento de vírgines vestales; para sosegarlos se vieron todos en peligro de perderse. En fin, detenidos y no acallados, se fueron todos quejosos de lo que cada uno pasaba y rabiando cada uno por trocar su estado con el otro.

Cuando esto pasaba en la tierra, viéndolo con atención los dioses, el Sol dijo:

—La hora está boqueando y yo tengo la sombra del gnomon[631] un tris de tocar con el número de las cinco. Gran padre de todos, determina si ha de continuar la Fortuna antes que la hora se acabe u volver a voltear y rodar por donde solía.

Júpiter respondió:

—He advertido que en esta hora, que ha dado a cada uno lo que merece, los que, por verse despreciados y pobres, eran humildes, se han desvanecido y demoniado, y los que eran reverenciados y ricos, que, por serlo eran viciosos, tiranos, arrogantes y delincuentes, viéndose pobres y abatidos, están con arrepentimiento y retiro y piedad; de lo que se ha seguido que los que eran hombres de bien se hayan hecho pícaros, y los que eran pícaros, hombres de bien. Para la satisfacción de las quejas de los mortales, que pocas veces saben lo que nos piden, basta este poco de tiempo, pues su flaqueza es tal, que el que hace mal cuando puede, le deja de hacer cuando no puede, y esto no es arrepentimiento, sino dejar de ser malos a más no poder. El abatimiento y la miseria los encoge, no los enmienda; la honra y la prosperidad los hace hacer lo que si las hubieran alcanzado siempre hubieran hecho. La Fortuna encamine su rueda y su bola por las rodadas antiguas y ocasione méritos en los cuerdos y castigo en los desatinados, a que asistirá nuestra providencia infalible y nuestra presciencia soberana[632]. Todos reciban lo que les repartiere, que sus favores u desdenes[633], por sí no son malos, pues, sufriendo éstos y despreciando aquéllos, son tan útiles los unos[634] como los otros. Y aquél que recibe y hace culpa para sí lo que para sí toma, se queje de sí propio, y no de la Fortuna, que lo da con indiferencia y sin malicia. Y a ella la permitimos que se queje de los hombres que, usando mal de sus prosperidades u trabajos, la disfaman y la maldicen.

En esto dió la hora de las cinco y se acabó la de todos, y la Fortuna, regocijada con las palabras de Júpiter, trocando las manos[635], volvió a engarbullar[636] los cuidados del mundo y a desandar lo devanado, y afirmando la bola en las llanuras del aire, como quien se resbala por hielo, se deslizó hasta dar consigo en la tierra.

Vulcano, dios de bigornia y músico de martilladas, dijo:

—Hambre hace, y con la prisa de obedecer dejé en la fragua tostando dos ristras de ajos para desayunarme con los cíclopes.

Júpiter prepotente mandó luego traer de comer, y instantáneamente aparecieron allí Iris[637] y Hebe con néctar, y Ganimedes con un velicomen[638] de ambrosía. Juno, que le vió al lado de su marido, y que con los ojos bebía más del copero que del licor, endragonida[639] y enviperada, dijo: