—Sin duda goza de Dios.

Cuál la animaba a que se conformase con la voluntad del Señor. Y ella luego comenzaba a soltar el trapo[44], y llorando a cántaros[45] decía:

—¿Para qué quiero yo vivir sin Fulano? ¡Desdichada nací, pues no me queda a quien volver los ojos! ¡Quién ha de amparar a una pobre mujer sola!

Y aquí plañían todas con ella y andaba una sonadera de narices, que se hundía la cuadra. Y entonces advertí que las mujeres se purgan en un pésame déstos, pues por los ojos y las narices echan cuanto mal tienen. Enternecíme y dije:

—¡Qué lástima tan bien empleada es la que se tiene a una viuda!, pues por sí una mujer es sola, y viuda mucho más. Y así su nombre es de mudas sin lengua[46]. Que eso significa la voz que dice viuda en hebreo[47], pues ni tiene quien hable por ella ni atrevimiento, y como se ve sola para hablar, y aunque hable, como no la oyen, lo mismo es que ser mudas y peor[48].

Esto remedian[49] con meterse a dueñas. Pues en siéndolo, hablan de manera, que de lo que las sobra pueden hablar todos los mudos y sobrar palabras para los tartajosos y pausados. Al marido muerto llaman el que pudre[50]. Mirad cuáles son éstas, y si muerto, que ni las asiste, ni las guarda, ni las acecha, dicen que pudre, ¿qué dirían cuando vivo hacía todo esto?

—Eso—respondí—es malicia que se verifica en algunas; mas todas son un género femenino desamparado, y tal como aquí se representa en esta desventurada mujer. Dejadme, dije al viejo, llorar semejante desventura y juntar mis lágrimas a las destas mujeres.

El viejo, algo enojado, dijo:

—¿Ahora lloras, después de haber hecho ostentación vana de tus estudios y mostrádote docto y teólogo, cuando era menester mostrarte prudente? ¿No aguardaras a que yo te hubiera declarado estas cosas para ver cómo merecían que se hablase dellas? Mas ¿quién habrá que detenga la sentencia ya imaginada en la boca? No es mucho, que no sabes otra cosa, y que a no ofrecerse la viuda, te quedabas con toda tu ciencia en el estómago. No es filósofo el que sabe dónde está el tesoro, sino el que trabaja y le saca[51]. Ni aun ése lo es del todo, sino el que después de poseído usa bien dél. ¿Qué importa que sepas dos chistes y dos lugares, si no tienes prudencia para acomodarlos? Oye, verás esta viuda, que por de fuera tiene un cuerpo de responsos[52], cómo por de dentro tiene una ánima de aleluyas[53], las tocas negras y los pensamientos verdes[54]. ¿Ves la escuridad del aposento y el estar cubiertos los rostros con el manto? Pues es porque así, como no las pueden ver, con hablar un poco gangoso, escupir[55] y remedar sollozos, hace un llanto casero y hechizo[56], teniendo los ojos hechos una yesca[57]. ¿Quiéreslas consolar? Pues déjalas solas y bailarán en no habiendo con quien cumplir, y luego las amigas harán su oficio:

—¡Quedáis moza y es malograros! Hombres habrá que os estimen. Ya sabéis quién es Fulano, que cuando no supla la falta del que está en la gloria, etc.