Otra:
—Mucho debéis a don Pedro, que acudió en este trabajo. No sé qué me sospeche. Y, en verdad, que si hubiera de ser algo..., que por quedar tan niña os será forzoso...
Y entonces la viuda, muy recoleta de ojos y muy estreñida de boca, dice:
—No es ahora tiempo deso. A cargo de Dios está: él lo hará, si viere que conviene.
Y advertid que el día de la viudez es el día que más comen estas viudas, porque para animarla no entra ninguna que no le dé un trago. Y le hace comer[58] un bocado, y ella lo come, diciendo:
—Todo se vuelve ponzoña.
Y medio mascándolo dice:
—¡Qué provecho puede hacer esto a la amarga viuda que estaba hecha a comer a medias todas las cosas y con compañía, y ahora se las habrá de comer todas enteras sin dar parte[59] a nadie de puro desdichada?
Mira, pues, siendo esto así, qué a propósito vienen tus exclamaciones.
Apenas esto dijo el viejo, cuando arrebatados de unos gritos, ahogados en vino, de gran ruido de gente, salimos a ver qué fuese. Y era un alguacil, el cual con sólo un pedazo de vara[60] en la mano y las narices ajadas, deshecho el cuello, sin sombrero y en cuerpo, iba pidiendo favor al Rey, favor a la justicia, tras un ladrón, que en seguimiento de una iglesia, y no de puro buen cristiano, iba tan ligero como pedía la necesidad y le mandaba el miedo.