Tócale á la anémia, en órden de importancia, lugar análogo al del paludismo. Enfermedad propia de los climas tórridos, amaga á todos los habitantes de la Isla, agobiando á la mayoría de los campesinos puertorriqueños. La influencia térmica del medio ambiente basta por sí sóla para producir la anémia. Aun en los climas templados se observa, durante el verano, cuando los calores han sido fuertes, que muchas personas pierden el apetito, se sienten incapaces de desarrollar su actividad ordinaria, palidecen; en una palabra, están bajo el influjo de un ligero grado de anémia. ¡Con cuánta más razón no ha de ser general este padecimiento en una zona cuya temperatura constante es alta todo el año!

En tésis general podemos decir que el habitante de los trópicos está sugeto á la anémia por el sólo hecho de la temperatura que soporta; pero esto tiene sus limitaciones individuales. Hay razas organizadas para sufrir los calores tropicales sin menoscabo de la salud, y otras que, aún no estando tan bien dotadas por la naturaleza, proceden de climas cálidos, han nacido en la zona ó tórrida, se han aclimatado y viven bien, aunque ligeramente anémicos; porque la anémia dentro de ciertos límites, mientras la cantidad y la calidad de los glóbulos sanguíneos no disminuye de un modo considerable, es compatible con la salud, y hasta se ha considerado como necesario y saludable acomodamiento del organismo al clima. Claro es que si pasa de estos límites, constituye un estado morboso.

Para la raza originaria de África, por ejemplo, la acción del clima puertorriqueño, por lo referente á la temperatura, no es perjudicial; para los europeos la acción morbosa de la temperatura será tanto más sensible, cuanto mayor sea la discrepancia del clima en donde nacieron, con el de este país; y por lo tanto, cuanto de más hacia el Norte procedan, más en peligro estarán de ser víctimas de la anémia térmica; sus condiciones funcionales orgánicas están muy distantes de las que les serían necesarias para resistir el ardiente sol de los trópicos. Por razones opuestas, los europeos nacidos en las zonas cálidas están mejor dispuestos para acomodarse á las necesidades del clima, y he aquí explicado por qué los españoles han prosperado y dejado descendencia viable en estas regiones, cosa que no han logrado otros pueblos.

En efecto; la península Ibérica está colocada entre las líneas isotermas de +15° y +20° formando parte de la zona comprendida entre las líneas isotermas +15° y +25° ó sea la región de los climas cálidos. Puerto Rico está comprendido en la zona que desde la línea isotérmica +25° va hasta el Ecuador termal; su temperatura media, según las observaciones meteorológicas hechas por la Jefatura de Obras públicas, en San Juan es de 26° en invierno y de 28° en verano; pero en el interior es indudablemente más baja; por lo cual la divergencia climatológica no resulta tan extrema como la latitud geográfica. Así se comprende que los españoles, y sobre todo los de la parte del medio-dia, hayan podido fundar sociedades permanentes en estas Islas; están en condiciones de adaptación de que carecen el alemán y el ruso, nacidos en zonas contenidas entre las líneas isotermas +15° y +5°.

Si el padre ha triunfado de las condiciones térmicas, por las leyes de la herencia se explica que el hijo vaya ganando en facilidades para habituarse á las influencias del nuevo clima; y así es: los descendientes de europeos soportan el clima mejor que sus progenitores, con sólo ese ligero grado de anémia de que ántes hemos hablado.

Esto no quiere decir que el campesino puertorriqueño de orígen europeo, no pueda ser víctima de la anémia morbosa, dependiente del clima tórrido que habita; de la anémia habitual y compatible con el ejercicio normal de las funciones orgánicas á la morbosa grave, el paso se efectúa con facilidad; pero hay que tener en cuenta, que la temperatura en los campos, sobre todo en las alturas, es notablemente más baja que la arriba citada, y por lo tanto más soportable, por lo cual nos permitimos asegurar que los casos de anémia tropical pura, exclusivamente debidos al calor excesivo, son escasos.

En cambio la anémia dependiente de otras causas es común; organismos ya predispuestos, fácilmente se vuelven anémicos á poco que hayan sufrido una enfermedad grave, una pérdida de sangre, etc.

Todas las causas, pues, que en otros países son capaces de determinar la anémia, obran con mayor facilidad en el campesino borincano. En las mujeres, el alumbramiento es casi siempre motivo de anémia; la lactancia, con más razón. ¡Cómo no había de ser así cuando á las naturales pérdidas orgánicas propias de esos actos, hay que añadir la insuficiencia de la alimentación!

No podemos prescindir de ocuparnos de este particular cada vez que se nos presenta ocasión de hacerlo. Tenemos, según hemos visto, que el país, por sí mismo, basta para que el hombre que lo habita se vuelva algo anémico y aun que sucumba á la anémia. ¿Qué hay que esperar que suceda cuando la alimentación es insuficiente y á veces de pésima calidad? Ya ántes hemos mencionado las sustancias que componen la mesa del jíbaro; pero nos falta añadir que muy frecuentemente algunas de esas sustancias las consume dañadas; hemos visto en no pocas ocasiones expender, principalmente las arenques, el bacalao y el pan de tan pésima calidad, que debía haberse prohibido su venta. En este particular es preciso hacer constar que la avaricia y el poco escrúpulo de algunos especuladores raya en lo increíble. Hay quien se enriquece en poco tiempo acaparando el dinero del infeliz labrador á cambio de los desechos de los almacenes de las poblaciones, alimentos podridos que se adquieren á bajo precio, para venderlos al jíbaro, en vez de elementos reparadores de su empobrecido organismo; sustancias que no sólo no le nutren, sino que pueden enfermarle. Por desgracia la falta de una organización sanitaria hace posibles estos delitos, verdaderos agiotajes con la sangre del pobre labrador.

Cierto que el jíbaro es poco escrupuloso y se conforma con que le cueste barato el alimento, aunque la inanición le consuma; pero esto no es razón para dejar que se le explote. Bastante hay ya con que de por sí sea sóbrio; admira verle satisfecho con encontrar bajo un árbol de mangó mesa puesta mientras dura la cosecha, y consumir el fruto aun ántes de que madure.