"El niño es el padre del hombre," ha dicho Wordsworth; el niño es por tanto el terreno donde nuestra labor deberá actuar para que sea fructífera, pues como dice Fonssagrives: "el terreno está vírgen, la tabla está lisa y la higiene puede labrar en ella, con entera libertad, su programa de educación. El niño es, entre sus manos, la materia de lo factible; es el pedazo de mármol de la fábula, del que saldrá una estátua viva, hermosa de formas, armoniosa de proporciones, en la que todo estará colocado y dispuesto para el vigor y la longevidad, ó bien una obra disforme, defectuosa, sin belleza, sin porvenir y sin duración." Este hermoso párrafo explica por qué es la escuela el fundamento más importante de cuanto nos es dado hacer para mejorar las condiciones físicas de la población rural puertorriqueña, porque la fuerza, como ántes indicamos, las medidas que tendiesen á obligar al jíbaro á mejorar su alimentación y sus hábitos malsanos serían un absurdo; y la persuasión tampoco podría ejercerse sino acaso muy imperfectamente sobre un grupo de séres no preparados para sacar provecho de una propaganda conducente á esos fines.

Hemos de ampararnos, pues, de la educación, y confiar en el porvenir sirviéndonos de enseñanza el pasado, cuyas consecuencias tocamos no sólo nosotros, sino pueblos que exceden en adelante al nuestro. Higienista tan eminente como el ya citado Arnould nos lo dice respecto de Francia: "La ignorancia de las primeras nociones de higiene, la pureza y multiplicidad de las preocupaciones y supersticiones más groseras, constituyen en verdad una razón por la cual los campesinos no evitan muchas plagas que sólo tratan de eliminar únicamente cuando han invadido el grupo. Nuestros pueblos y aldeas están siempre dominados por los vendedores de amuletos contra el trueno, el rayo y la calentura, por los curanderos y farsantes de todo género; creen que las costras que aparecen en la cabeza de los niños les sirven de protección, que los piojos son necesarios para la salud, etc." ¿Qué es todo este cúmulo de creencias, si no el resultado de un ignorantismo de que no puede ser culpable la generación actual? ¿Qué si no consecuencia legítima de análogo ignorantismo en que ha vivido hasta el dia nuestro jíbaro, es el estado de decadencia física que hemos indicado? Por fortuna nuestro siglo ha roto con todas las rutinas, y amparado por la ciencia busca el bien social de todas las clases en la educación; en nuestro país mismo hemos logrado el aumento de escuelas en estos últimos años, lo cual ha sido dar un paso trascendental en la senda del progreso, por mucho que dichos establecimientos de enseñanza no satisfagan de una manera cumplida las exigencias de un programa completo de educación.

El remedio, no es permitido dudarlo, es la escuela; pero ésta debe reunir ciertas condiciones para que sirva á su objeto como es debido. "El niño (decía el doctor Remolar, catedrático de higiene de la Universidad de Valladolid, prematuramente perdido para la ciencia), desde que tiene seis años hasta los doce, trece ó catorce, pasa muchas horas de cada dia en la escuela primaria; ¿cuál no será, pues, la influencia que sobre él ejerza la escuela, según que su construcción, su mobiliario y la organización de la enseñanza se ajusten ó no á los preceptos de la higiene?"

Refiriéndose á la ignorancia del campesino francés exclama Arnould: "Hay en este estado de cosas, si no un remedio inmediato, por lo ménos una garantía de mejoramiento progresivo é indefinido en la escuela de instrucción primaria con la enzeñanza gratuita, obligatoria y (digámoslo únicamente en nombre de la higiene) láica. Para esto es preciso que la escuela realice dos condiciones: 1.ª, que produzca una instrucción sólida, recta, escrupulosamente respetuosa de la verdad, en la cual las nociones de higiene se asocien á las lecciones de cosas y hechos (sobre todo agricultura é higiene rural); 2.ª, que sea un ejemplo y una aplicación patente de la higiene."

Pero mientras que la educación realice su obra, ¿hemos de abandonar al campesino á su propio instinto? No; todos los medios racionales capaces de hacer penetrar en la familia jíbara costumbres más apropiadas á las conveniencias de su salud, deben adoptarse. Quisiéramos escuelas de adultos, á ser posible, en cada barrio rural. Con perseverante solicitud llevaríamos al ánimo del campesino las nociones de cuanto le fuese útil conocer; entre otras cosas la conveniencia que le reportaría el aposentarse mejor, en casa más abrigada, bien situada, de más número de compartimientos, limpia, en la que no le sirviera al propio tiempo su dormitorio, de depósito de frutos.

Ilustrarles, aprovechando todos los recursos para hacerles comprender las ventajas de vestirse mejor, de calzarse, es, no solamente trabajar en beneficio de esas pobres gentes, sino también contribuir al desarrollo de nuestra cultura en general; que "el traje, como la arquitectura de un país, permite juzgar el estado social de sus habitantes."

Bien aposentado y bien vestido el jíbaro, necesitaría además sustituir su actual alimentación por otra más reparadora. En Europa la alimentación, casi en todos los campos, es esencialmente vegetal, pero suele intervenir en ella la grasa para compensar en parte la falta de carne; sin embargo, recordamos que en unas notas sobre la higiene provincial de León, escritas por el Dr. García Ponce, hemos leído lo siguiente: "Muchas, muchísimas aldeas de esta provincia tienen por única base de alimentación general un pan mal amasado, mal cocido, de harina negra de centeno, y algunas patatas y verduras que se desprecian en los mercados de otros pueblos algo más importantes. Muchas aldeas hay donde ni aún el mal pan se come, y este se sustituye por patatas y coles." Como se vé, el problema de la alimentación insuficiente no es nuestro solo, pero como el nuestro es el que nos importa estudiar en estos momentos, á él nos referimos, insistiendo en dejar sentado que la alimentación en los campos de Puerto Rico es casi exclusivamente vegetal y de escaso poder nutritivo por lo común.

Mucho ganaría el jíbaro si prefiriese la carne al bacalao; si asociase al arroz y mejor al maiz, ya que no siempre la carne fresca, por lo ménos un poco de tocino; si en lugar del pescado salado y el bacalao que á veces consume de mala calidad, optase por el tasajo, de todos modos algo más nutritivo, y que puede adquirir á un precio cómodo.

"El ideal de la alimentación sería, según Arnould, encontrar para cada dia una mezcla de sustancias alimenticias tal que, con la menor cantidad de cada una, el cuerpo recibiese todo lo más completamente y en el más completo equilibrio todos los materiales de restitución, sin fatiga para el estómago y sin pérdida económica." ¡Cuán lejos está de este ideal la alimentación de nuestros jíbaros! Si alguno come lo bastante para restituir sus fuerzas, es á beneficio de una alimentación voluminosa que fatiga el estómago y que tolera gracias al hábito.

Compárese la alimentación de nuestro labriego con la de un robusto agricultor lorenés, constituida próximamente como sigue: