El alfabeto fonético del campesino carece de la c suave, así como de la ll, v, x y z. La c, al unirla con las e é i, y la z, casi siempre las transforma en s, v. gr. serro, simarrón, sanja, sumo. Cambia la ll en ñ y á veces en y, como en ñaman, cabayo; la v en b como en bira. La d final, y la de las terminaciones de los participios de pretérito, no suenan; así dice: mitá, comprao. La rr con frecuencia la arrastra dándole sonido de j; como en ajrój por arroz; la r la convierte en l muchas veces, otras en j, v. gr.: amol, cajne; y por último, según nos lo ha hecho notar nuestro buen amigo y excelente poeta Don Luis Muñoz Rivera, á la s le dan casi constantemente un sonido de j suave; por ejemplo: loj, pejroj, ejtán. Á veces ocurre lo propio con la z, como cuando dicen ajoraoj por azorados. La h es una j fuerte siempre, v. gr.: jacer por hacer.

Si bajo su aspecto físico, el lenguaje del jíbaro está lleno de defectos, desde el punto de vista físico-espiritual, evidencia de ordinario la pobreza de su desarrollo intelectual, por mucho que á las veces revele agudezas que demuestran una inteligencia fácil de cultivar.

Una vez hecho este breve exámen, vamos á dar comienzo á la investigación del estado en que se encuentran en la clase rural las artes útiles; y empezaremos por la más hermosa de todas: la poesía. Producto esta de la imaginación y del sentimiento, la encontramos, ya que no revestida de sus mejores galas, embellecida con el ropaje natural de la espontaneidad y sencillez que en todas partes ostenta la poesía popular. En muchos de los cantares jíbaros se descubre una naturaleza poética rica en fantasía y no exenta de imaginación y viveza, como no podía ménos de suceder tratándose de meridionales descendientes de españoles, quienes poseen como pocos aquellas preciosas dotes.

Sensible es que la escasa ilustración del jíbaro sea causa de que esa fuente de belleza no de cuanto podría dar de sí; al cabo la imaginación no basta para producir lo bello, si no vienen en su auxilio otras facultades del espíritu convenientemente cultivadas. De esta deficiencia nace que el campesino cante asuntos pocos dignos y que en sus canciones se hallen dislates tan grandes que, á juzgar por ellos, habría que negar á sus autores hasta el sentido común. Encuéntranse décimas glosadas que están llenas de obscenidades; otras hay disparatadas, sin piés ni cabeza, como vulgarmente se dice, que no son más que palabras vacías de sentido, por mucho que la presunción del autor las titule de argumento.

No obstante, otras veces acierta el inculto poeta. Hemos oido algunos villancicos, llamados aguinaldos, bastante bellos é ingeniosos. Entre sus cantares los hay capaces de despertar la emoción estética. Casi siempre el motivo de ellos es el amor y los sentimientos que de esta pasión dependen; pero no desdeña su inspiración otros asuntos. Sus coplas recuerdan la rica poesía popular española, y es fácil de hallar en ellas su filiación andaluza las más de las veces, sin que falten cantares de otras provincias de la Metrópoli, tan pródiga en hermosos villancicos, alegres seguidillas, picarescas coplas, etc.

Para dar una ligera idea de nuestra poesía popular, reproducimos á continuación algunos cantares, sugetándonos á la ortografía propia del jíbaro[8].

"Puse en tu puelta un letrero

Y el letrero dise así:

—Pasajero, pasajero,

Cuando pasej por aquí,