Lo propio hay que decir de la limitadísima industria forestal—resina de tabanuco, aceite de palo.—Como hemos podido ver, existe un atraso notorio en todo lo que se refiere á los diversos ramos de la producción agrícola, atraso lamentable cuyas causas trataremos de explicar oportunamente.
Veamos ahora si las casas que habita el grupo rural puertorriqueño corresponden con el pobre progreso que en él venimos señalando, pues sabido es que existe relación directa entre el grado de cultura del hombre y la vivienda que para sí construye, pudiendo deducirse de las condiciones de ésta el desenvolvimiento de aquella. Desde el refugio natural que contra la intemperie ofrecieran al hombre primitivo un árbol ó una roca saliente, hasta las modernas casas en que se aloja el hombre civilizado de nuestros dias, hay una escala ascendente que manifiesta las gradaciones del desarrollo intelectual de la especie humana. Marca el primer paso en las construcciones artificiales de casas, la sencilla pantalla inclinada, por el estilo de la que algunos picapedreros usan para defenderse de la acción del sol: siguen á tan imperfecta defensa las chozas rudimentarias de hojas de palma ó de tiernos árboles, é iníciase luego el primer adelanto, en materia de construcciones, con las chozas edificadas sobre postes ó paredes forradas de zarza, lodo y otros groseros materiales. Á la cabaña de forma redondeada y de techo en pabellón, sucede—en época de más progreso—la de forma cuadrada y techo en caballete, apoyado sobre las paredes y sostenido por vigas; la madera seca es sustituida por la piedra tosca al principio y luego labrada. Nace el arte de la albañilería que utiliza más variados elementos de construcción; entre otros el cemento, el ladrillo, los metales mismos, y llega por último el hermoso período en que la arquitectura, en su apogeo, hace surgir esos asombrosos monumentos, libros de piedra en que los arquitectos de pasadas edades han dejado escritos los mejores y más bellos capítulos de la civilización antigua de los pueblos.
Hecha esta rapidísima excursión en el arte de las construcciones, nos será fácil de apreciar, conocida la vivienda del campesino puertorriqueño, su estacionamiento, puesto que aún construye su bohío de madera y yagua, sin que jamás emplée la piedra, ni siquiera el adobe; y aunque se explique que prefiera aprovechar para hacer su casa aquellos materiales que ménos trabajo le cuesta adquirir, como son troncos, cañas, paja, etc., no podemos darnos satisfactoria cuenta de que esa cabaña siga siendo como en los viejos tiempos endeble, de poco resguardo, y sin ninguna comodidad, ni casi separación interior que evite esa amalgama en que viven padres, hijos y hermanos, tan perjudicial para las buenas costumbres.
Ya el indio borincano construía poco más ó ménos como hoy construye el jíbaro; lo cual basta para hacernos evidente el pobre adelanto de éste, quien, después de tres siglos, en nada ha mejorado las condiciones de la morada que servía á una raza incivil. "Las casas—dice nuestro tantas veces citado historiador Fray Íñigo—las construían (los indios) sobre vigas ó troncos de árboles que fijaban dentro de la tierra á distancia de dos ó tres pasos uno de otro, en figura oval, cuadrilátera ó cuadrilonga, según la disposición del terreno: sobre dichos troncos formaban el piso que era de cañas ó varas; alrededor de este piso hacían las paredes ó tabiques de las casas que eran asímismo de cañas, cruzando sobre ellas al través muchas latas que hacían de las hojas de las palmas con que aseguraban la obra. Todas las cañas que formaban los tabiques se juntaban arriba en el centro de la casa afianzándolas unas con otras quedando el techo en figura de pabellón."
"Otras casas construían también sobre troncos de árboles y de los mismos materiales; pero más fuertes y de mejor disposición. Desde la tierra hasta el piso que formaban sobre los troncos, dejaban sin cercar una parte que servía de zaguán: en lo alto dejaban ventanas y corredores que hacían de cañas: el techo estaba á dos vertientes, mediante un caballete que ponían sobre porciones cubiertas de hoja de palma. Toda la fábrica de aquellas casas se aseguraba, en lugar de clavos, con bejucos silvestres que son flexibles y de gran duración."
Es indudable que estas edificaciones indias descubren un cierto grado de adelanto en los aborígenes; pues, según Tylor, todos los viajeros africanos convienen en que la casa con esquinas cuadradas indica un gran paso en la civilización de los pueblos; pero encontrar á la raza que sustituyó á aquellos construyendo y habitando iguales moradas, ántes bien significa un atraso, toda vez que los conquistadores por traer ideas de construcciones superiores debieron mejorar los ranchos indios. Podríamos añadir que quizá no fué la mejor de las casas borinqueñas la copiada por los conquistadores y sus descendientes; pues leemos en W. Irving, que, cuando los españoles pisaron por vez primera este suelo, "encontraron un lugar indio construido como de ordinario, alrededor de la plaza, parecida á un mercado y con una casa muy grande y bien concluida," de modo que, como los europeos no habían de llamar bueno á cualquier edificio de salvajes, y tuvieron lugar de examinarlo detenidamente, y de cerca, porque lo hallaron desierto, como todo el lugar, podemos deducir que los aborígenes construían mejores casas de las que pueden darnos idea la generalidad de los bohíos primitivos, aun imitados por el campesino de nuestros dias.
Lo defectuoso de la casa del jíbaro coincide con un ornamento también pobrísimo del interior de ella. La hamaca, usada por el indio, y mueble indispensable al jíbaro, acaso algún lecho de tablas, y raras ocasiones algo donde sentarse, es casi todo lo que en un bohío se encuentra. No pretendemos hallar comodidades dentro de las humildes viviendas del campesino, pero lo mísero de semejante menaje es de sentirse, tanto por lo que revela de la cultura de su dueño, cuanto porque como dice un higienista, el Dr. Billandeau, no es indiferente habitar una casa que agrade, pues hay en las condiciones de suficiencia y hasta en el adorno de la habitación, una fuente de goces de que disfrutamos sin darnos cuenta y que nos liga al hogar, alejándonos de peligrosas aficiones.
Digamos algo acerca del lenguaje del jíbaro, ya que la palabra, expresión total de la vida del espíritu, como la considera Revilla, puede darnos valiosos datos en lo relativo á esta parte de nuestro trabajo.
Es el habla del campesino defectuosa, como la de aquellas personas que no han recibido instrucción alguna; todavía emplea palabras ya olvidadas en el moderno castellano, y la impureza é impropiedad de su lenguaje son notorias. Á los defectos de pronunciación, que citaremos en breve, hay que añadir un cierto dejo en el modo de hablar, dejo que, más ó ménos acentuado, parece común de todos los habitantes de la América española y aún de las Canarias y por lo tanto de los puertorriqueños en general, pero que entre los jíbaros es notablemente más pronunciado.
Aunque en nuestros campesinos se corrobora la observación de que las personas habituadas á vivir en el campo hablan en alta voz, nótase á menudo que esta no tiene la intensidad, el vigor que es casi general entre la gente ruda; hecho que, si bien no es absoluto, puede explicarse por el empobrecimiento orgánico, al cual corresponde un aparato respiratorio en cierto modo débil. No predominan en el tono de voz de los jíbaros los sonidos graves; ántes bien pueden estos referirse á las escalas de barítono, tenor y aún contralto; no siendo raras las voces de falsete.