MEDIOS PARA MEJORAR LAS CONDICIONES MORALES DEL CAMPESINO.
Las causas que hemos considerado como determinantes del carácter moral del campesino, pueden dividirse en dos clases. En una agruparemos aquellas que, como el clima y la herencia, no pueden ser removidas y cuyos efectos sólo nos es dado modificar, en parte, á beneficio de los medios que influyen sobre las otras, únicas susceptibles de ser dominadas por nuestro propio esfuerzo, como lo son las referentes á la educación y al régimen político social.
De entre estas últimas podemos descartar la esclavitud, que por fortuna ha desaparecido; y aun cuando la redentora ley de la abolición no haya podido purificar de pronto, ni en absoluto, la atmósfera que alimentó por tantos años aquella institución, es evidente que hemos logrado, al quebrantar las cadenas de los esclavos, romper el más fuerte valladar que entorpecía nuestra cultura. Bendigamos y guardemos eterno agradecimiento á los legisladores del memorable 22 de Marzo de 1873. Gracias á ellos nacen libres é iguales todos los hombres que ven la luz primera en nuestro suelo, sin que el color de la piel ni la condición social de sus antepasados les impidan el goce de sus derechos indiscutibles; gracias á aquel acto de justicia, nuestros hijos no oyen ya el crujir del látigo al azotar las espaldas del esclavo.
¡Felices tiempos! ¡Dichosos los que los hemos alcanzado, siquiera no podamos hacer otra cosa que admirar á cuantos con ánimo esforzado lucharon uno y otro dia por devolver á los negros sus derechos de hombres, y siquiera, á causa del veneno que nos queda en nuestro organismo inficionado, no hagamos sino ir preparando, entre caidas lastimosas y esfuerzos de convalescientes, la regeneración social de esta tierra adorada donde nacimos!
Por lo que se refiere al régimen político, fundadamente hay que esperar que sigan cambiando aquellas condiciones que hacen inferior, políticamente considerado, al español nacido en Puerto Rico, relativamente á su hermano peninsular. Toda restricción en este sentido es injusta y despótica. Por otra parte, los tiempos actuales, pese á quien pese, son de libertad; como dice el ilustre Monseñor Guilbert: "Un movimiento democrático arrastra al mundo moderno con fuerza irresistible que nada contendrá. No es solamente entre nosotros, en Francia, donde la tierra trepida bajo nuestras plantas; es también en nuestra vieja Europa, como en América y en el extremo Oriente." Este movimiento invasivo de las ideas modernas, llegando hasta el bohío del campesino levantará su espíritu, haciéndole patente que el reinado del derecho ha sustituido al de los privilegios; demostrándole que la vieja máxima que nos enseña que todos somos hijos de un mismo Padre es una verdad en la práctica, como lo es en el dicho; dándole á conocer la Justicia, una, imparcial, en toda su majestuosa respetabilidad, para que la ame en vez de huirla; asegurándole que el fruto de su trabajo no irá al fisco para mantener inútiles servicios; diciéndole que sus hijos no seguirán creciendo en la ignorancia; probándole que sólo tendrá que temer cuando falte á sus deberes; en una palabra: enseñándole que si tiene sagrados deberes que cumplir, también puede gozar derechos más nobles y dignos del hombre que los de ir á la gallera y entregarse al baile.
Se nos dirá, tal vez, que hay cierto optimismo en esperar que cambien tan radicalmente los desacreditados procedimientos coloniales, y que este cambio se opere tan pronto como fuera de desear. Por de pronto debemos responder que proponemos aquellos medios que á nuestro juicio mejorarían el estado moral del campesino, recomendamos lo que de buena fé nos parece justo, y á eso nos limitamos; pero aun podríamos aplicar á nuestra tésis las siguientes palabras de Spencer: "Así como respecto del gobierno político, conviene saber dónde está la justicia, aunque en la actualidad no sea posible practicarla en toda su pureza, á fin de encaminar hacia ella, y no en sentido opuesto, las reformas que efectuamos, de igual manera conviene tener presente un ideal de gobierno doméstico para tratar de acercarnos á él gradualmente, sin temer nada de la realización de semejante ideal. El instinto conservador de la sociedad es, por lo general, demasiado vivo para permitir un cambio muy rápido. Tal como se hallan las cosas, la sociedad no puede aceptar ninguna idea superior á su cultura hasta haberse elevado á su nivel; la podrá aceptar nominalmente, pero no en realidad. Aún después que una verdad ha sido reconocida generalmente como tal, la persistencia de los obstáculos que impiden conformarse con ella, sobrevive todavía á la paciencia de los filántropos y hasta de los filósofos." Esta manera de ver las cosas puede ajustarse perfectamente á nuestro modo de sér social, y nos alienta para aguardar, sin impaciencias, que al progreso político de la Metrópoli vaya unido el nuestro. Aparte de esto, conviene recordar que de cuantos medios existen capaces de influir en el estado moral del grupo que estudiamos, ni uno solo hay tan poderoso que, aun planteándose en seguida, pueda en el acto patentizar sus efectos. Cuatro siglos de régimen colonial no podrían borrarse en un dia, por muy radical que fuese el cambio.
Pasemos ahora á indicar otro poderoso medio de mejoramiento, cual es el que se refiere á la educación moral que debe recibir el campesino, si se le quiere elevar por este concepto. Considerando la educación religiosa tanto más necesaria cuanto más deficiente es la cultura intelectual, estimamos conveniente que á las creencias religiosas de la familia rural vaya unida una enseñanza adecuada al fin que nos proponemos; porque si no es discutible que á veces coinciden en un indivíduo una gran perversión moral con un gran desarrollo intelectual, tampoco se puede negar que sólo la falta de cultura de las facultades de la inteligencia explica los ejemplos de malhechores de la peor especie, en los que la devoción coexistía con la inmoralidad; prueba de que estos desgraciados sólo habían recibido de la instrucción religiosa poco de lo esencial, y ateniéndose á ello y faltos de la luz que una inteligencia educada les habría dado, creían de buena fé que eran compatibles las plegarias á la Vírgen, con una vida de robos y crímenes, y hasta que las influencias celestiales podrían venir en ayuda de ellos para sacarles airosos de las más innobles empresas.
Ahora bien; nuestros jíbaros han nacido cristianos, por tales se tienen, y nada más lógico que pensar en la influencia que en asunto de moral pueden ejercer los ministros del cristianismo, de esa religión del amor y de la fraternidad, que enseña á respetar el deber y á amar el derecho; plácenos reconocer que el sacerdote puede contribuir á desarrollar el sentido moral del jíbaro enseñándole que para ser admitido en el reino de Dios, no bastan las oraciones y las prácticas del culto si á ellas no va unida la práctica de una moral severa. Bien sabemos que no pedimos ninguna cosa extraordinaria, ni novedad alguna; pero ello es que el procedimiento aun cuando no sea nuevo, tenemos motivo para creerle necesario, y por lo tanto estamos en el derecho de apuntarlo, toda vez que la doctrina evangélica, compendio el más hermoso de moral, siendo la doctrina que al través de los siglos ha reinado en este suelo, ha debido darnos jornaleros sanos de espíritu, y, según hemos podido deducir, los sentimientos morales del campesino dejan bastante que desear en determinados puntos, aún sin exagerar sus vicios. No acusamos á nadie, sólo indicamos que la acción moralizadora de la religión ha sido poco eficaz, probablemente á causa de no haberse insistido lo bastante en la enseñanza moral, y lamentamos que una fuerza tan poderosa como la Religión no haya sido aquí todo lo provechosa que debiera.
Conviniendo, sin embargo, en que la acción del sacerdote, por varias razones, no es hoy, por sí sola, suficiente, desearíamos que en las escuelas se diera á la educación moral toda la importancia que reclama, tanto bajo el aspecto religioso como bajo el aspecto filosófico; es decir: que sin descartarla de la religiosidad se la enseñara como uno de los elementos de una buena educación, llevando á la conciencia del jíbaro el deber en que está de ajustar su conducta á los sanos principios morales, tanto por ser un deber, cuanto porque las virtudes que honran al hombre y le hacen mejor, son una conveniencia para el mismo, ya desde el punto de vista de la respetabilidad con que le reviste, ya mirando á la utilidad que aun en el órden puramente material reportan.
Y de nuevo repetimos lo que al tratar del modo de mejorar intelectualmente al campesino dijimos; escuelas, muchas escuelas, y á ser posible, ponerlas bajo la dirección de la mujer; pues sin negar al hombre capacidad para ejercer el profesorado de la infancia, es incuestionable que la mujer, poseedora de esos delicadísimos sentimientos, de esa dulzura, de ese tesoro de amor que la naturaleza ha depositado en su organismo, previendo la maternidad, es más apta por este concepto para realizar su empeño. Todo en su sér conspira para hacerla capaz de realizar esta obra; la de sembrar en el corazón del hombre los gérmenes de las virtudes que luego le han de dar realce merecido.