De todos modos, encomendadas á uno ó á otro sexo las escuelas, lo importante es la multiplicación de estas, y que el programa de enseñanza atienda como es debido á la cultura moral del alumno; es preciso contar para ello con el profesor y atenernos á sus esfuerzos, con tanto más motivo cuanto que en la escuela hay que contrarrestar las deficiencias de moralidad que en la casa de los padres existan, y por el apuntamiento que hemos hecho háse visto que existen en no escaso número tales deficiencias, que, lejos de ser los padres guías de sus hijos, hay que invertir los términos y hacer del hijo, por medio de la instrucción, un modificador saludable de los hábitos paternos, ya que sobre estos es más difícil actuar por haberse desarrollado en la ignorancia; hoy por hoy debemos educar los padres del porvenir y sobre todo las madres; después acaso la labor del preceptor sea ménos ruda, pero por el momento no cabe contar con fuerza más poderosa que con la del educador.

Una vez señaladas la conveniencia de un cambio en los procedimientos administrativos, de una instrucción religiosa y de una educación moral en las escuelas, vamos á indicar, siquiera brevemente, algunos otros medios, ya en un sentido ménos general del que hasta ahora lo hemos hecho, ya de una esfera más relacionada con el elemento rural motivo de nuestras investigaciones, porque si al Gobierno hay que pedirle algo en la obra del progreso social de los pueblos y algo importante, no todo ha de esperarse de arriba; mucho pueden hacer las corporaciones que más inmediatamente están en relación con los campesinos y hasta los mismos particulares pueden contribuir al objeto en que todos estamos interesados.

Á las acciones reunidas del sacerdote y del maestro debe agregarse la acción individual; la obra de moralizar á un pueblo es tan grande y de tanta trascendencia, que pedir ejemplos de moral al que sobresale del nivel de las clases populares es asegurar el éxito de la empresa. De las montañas baja el alud á los valles; de las montañas baja también la corriente de agua fresca y cristalina que los fertiliza.

Además del ejemplo, algo práctico pueden hacer esas personas que están más en contacto con el jíbaro; despertar el espíritu del ahorro fundando sociedades que adquieran la confianza del bracero, y que les sirvan de prueba tangible de la utilidad que reporta el ahorro, considerando el trabajo como nobilísima virtud que debemos amar, honrando al bracero laborioso, distinguiéndole, ayudándole en sus necesidades para que aprecie el fruto de su honrado proceder cuando más falta puede hacerle el esfuerzo de sus brazos, en vez de echar de ménos bandos de política y de buen gobierno que se explicaban en otros tiempos pero que hoy están justamente desechados por injustos é incapaces de producir el bien.

Los municipios deberían además de atender preferentemente á la creación de las escuelas rurales, organizar diversiones que sustituyan á la gallera y al juego: si al principio se mostrasen refractarios los campesinos, luego gustarían de ellas. Los pueblos como los indivíduos tienen sus necesidades y una de ellas es la de distraerse; organícense distracciones instructivas, decorosas, y se habrá matado el juego; para lo cual convendría también que la lotería no existiese.

Contra el progresivo desarrollo de la embriaguez, échese mano de las Sociedades de Templanza; prémiese la temperancia, la asiduidad en el trabajo, la virtud en todas sus manifestaciones, despertando la emulación y encauzando el espíritu de esas pobres gentes, con procedimientos dulces, por el camino que deben ir.

Como las Sociedades de Templanza, las Sociedades cooperativas son un medio moralizador de una fuerza que todo el mundo reconoce; que entre nosotros habría que vencer dificultades para aclimatar estos hábitos es innegable, pero tal razón sólo es buena para permanecer en la inercia. Nada que de los esfuerzos humanos dependa es imposible de realizar; la cuestión está en ajustarse á las condiciones que nos rodean cuando intentamos alguna cosa, y el éxito no podrá ménos de coronar nuestra diligencia.

La creación de las aldeas, de que se ha venido ocupando últimamente el Gobierno, es una obra útil para el mejoramiento del campesino; pero no nos forjemos ilusiones: las aldeas son como una semilla, las aldeas nacen espontáneamente cuando caen en buen terreno, cuando se fundan en zonas apropiadas. Si elegimos un sitio cualquiera, fabricamos veinte casas, traemos veinte familias á ellas, siempre que estas familias carezcan de medios hábiles para procurarse la subsistencia en el mismo lugar ó en sus cercanías, de seguro abandonarán las casas; al fin y al cabo la casa es lo de ménos para gente que la estiman en poco, para quien con casi nada fabrica una casa en muy pocas horas.

Para nosotros esas aldeas, si han de tener condiciones de viabilidad, deben reunir muchas circunstancias favorables. La bondad del sitio, la favorable disposición del terreno y la vecindad de una fábrica, hacienda, etc., en donde el aldeano encuentre ocupación.

Indudablemente á los grupos rurales se les ha dado muchísima importancia, y con razón en estos últimos tiempos; sin negársela, creemos, no obstante, que los esfuerzos directos serán inútiles; creemos que se hará más fundando colonias agrícolas y obreras en lugares bien elegidos, que levantando casas al capricho, aunque sea en un páramo; de semejantes aldeas, muy pronto no quedará ni el recuerdo del sitio en que se fundaron.