La edad que precedió á la de hoy está caracterizada principalmente por un espíritu novelesco y marcial. Todo lo que no era estraordinario, lo que carecia de proezas militares y aventuras caballerescas, y donde no habia una princesa bellísima por quien suspirase un atrevido paladin que cada dia le dedicaba cien lanzadas y mil mandobles, no era del gusto de aquellos siglos, en que el entendimiento se enervaba con lo maravilloso, al tiempo mismo que el cuerpo se fortalecia con la fatiga. Los hombres no respiraban sino horror y corage, y donde quiera que se fijase la vista, solo se ofrecian guerras y desastres. Las armas se llevaban toda la atencion, y antes sabia la juventud esgrimir que leer. Las treguas que alguna vez se conseguian se empleaban en adiestrar nuevos guerreros, y los escritos que tanto en prosa como en verso corrian por las manos de la multitud, solo se dirigian á entusiasmar el corazon de los lectores aficionándolos al estrépito de las armas, y refiriéndoles con los encantos de la poesía las hazañas casi increibles de sus memorables héroes. La ociosidad no tiene lugar entre unos hombres activos y guerreadores: el tiempo que estaban suspensas las hostilidades se ocupaba completamente en las justas, los torneos, las luchas &c. Y por lo que tenian de comun estos espectáculos con el de los toros, como tambien para dar á conocer el genio de aquellos siglos con mas particularidad, y poder deducir consecuencias á favor de nuestras fiestas, daremos una idea aunque sucinta de los juegos con que se entretenian los pueblos de quienes Abraham Ortelio dijo muchos siglos antes alabando su valor “que entraban cantando en las batallas,” prelia agrediuntur carminibus.

Segun Jovellanos[6], la idea que tenemos de los torneos y de las justas es muy mezquina y distante de su magnificencia; pero crece al paso que se levanta la consideracion á sus circunstancias. “Porque ¿quién se figurará, dice, una anchísima tela pomposamente adornada y llena de un brillante y numerosísimo concurso; ciento ó doscientos caballeros ricamente armados y guarnidos, partidos en cuadrillas y prontos á entrar en lid; el séquito de padrinos y escuderos, pages y palafreneros de cada bando; los jueces y fieles presidiendo en su catafalco para dirigir la ceremonia y juzgar las suertes; los farautes corriendo acá y allá para intimar sus órdenes, y los tañedores y menestriles alegrando y encendiendo con la voz de sus añafiles y tambores; tantas plumas y penachos en las cimeras, tantos timbres y emblemas en los pendones, tantas empresas y divisas y letras amorosas en las adargas; por todas partes giros y carreras, y arrancadas y huidas; por todas choques y encuentros y botes de lanza y peligros y caidas y vencimientos? ¿Quién, repito, se figurará todo esto sin que se sienta arrebatado de sorpresa y admiracion? ¿Ni quién podrá considerar aquellos valientes paladines ejecutando los únicos talentos que daban entonces estimacion y nombradía en una palestra tan augusta, entre los gritos del susto y el aplauso, y sobre todo á vista de sus rivales y sus damas, sin sentir alguna parte del entusiasmo y la palpitacion que herviria en sus pechos aguijados por los mas poderosos incentivos del corazon humano, el amor y la gloria?”

En efecto, desde que la galantería se introdujo en todas las fiestas y pasatiempos se hicieron mas espectables, y el espíritu y entusiasmo que por ellas todas las clases tenian les daba un carácter y animacion que las engrandecia sobremanera. Las damas que concurrian á ellas las embellecian con sus gracias y hermosura, y lejos de ser indiferentes y pasivos adornos del circo esplendoroso, tomaron una parte muy activa en las funciones, y eran el móvil y el alma que impulsaba todas y cada una de las partes del espectáculo. Se les consultaba para la adjudicacion de los premios que ellas mismas debian entregar al combatiente vencedor, que henchido de gloria y cubierto de polvo y sudor se acercaba á la humana beldad, que hermoseada por aquel amable pudor inseparable de la virginidad, le multiplicaba la satisfaccion de merecer el premio por adquirirlo bajo tan gratos auspicios.

Es estraño á la verdad que la aficion á las damas y á las armas hermanen tan bien, y se hallen constantemente juntas; pero no es por eso menos cierto que los pueblos mas guerreros fueron siempre los que tributaron mas respeto y homenage al sexo encantador. No es por tanto una arbitraria ficcion de los mitologistas suponer que Marte y Venus se amaron: fue, sí, simbolizar, por decirlo asi, la propension que tiene el guerrero á suspirar por una beldad á quien dedique sus hazañas, y en cuyos brazos descanse de sus peligros y trabajos.

En los tiempos que nos ocupan estaba la nobleza encargada de la defensa pública; formaba la caballería, y era el mas poderoso apoyo de las huestes. La pólvora no se habia presentado aun para cambiar el modo de guerrear; se lidiaba de hombre á hombre y cuerpo á cuerpo, y por tanto era indispensable que la fuerza y destreza corporal estuviesen muy ejercitadas. Los caudillos se veían precisados á estar mas diestros, y ser mas forzudos y valerosos que los simples soldados, y siendo aquellos de la clase noble, se hacia indispensable que fuera su educacion activa y belicosa. Los mismos soberanos caminaban al frente de su ejército en tiempo de guerra, y en tiempo de paz justaban con los grandes. Don Juan el II justó algunas veces como aventurero[7], y don Pedro el cruel[8] salió herido en una mano en un torneo que se celebró en Torrijos.

Vemos pues lo indispensable que era entonces esta clase de espectáculos, y que la pompa y magnificencia con que eran adornados los hacian merecedores de la atencion general. Sin embargo, tenian algo de cruel y sanguinario, que solo podia tolerarse por la necesidad en que se estaba de familiarizar á los pueblos con la sangre y los lances de la guerra.

Por este tiempo se lidiaban ya los toros desde el caballo, y se picaba con el rejoncillo, y este espectáculo se hacia con el mismo ceremonial que hemos visto se empleaba para las fiestas y torneos: venia ademas en su apoyo no ser cruel ni sanguinario, y tan apropósito cuando menos como los otros para dar á conocer el valor y gallardía de los caballeros. Asi es, que se iba fomentando sobre las ruinas de los primeros, á lo que contribuyó no poco el no estar comprendido en la prohibicion que de los que se miraban como sangrientos se habia hecho. Esto es una prueba de lo mas racional y seguro de estas fiestas sobre las demas de su tiempo, y da á conocer la razon de haberse perpetuado hasta nuestros dias, en que ya ni vestigios se hallan de las costumbres caballerescas, cuyo esterminio concluyó con tanta gloria suya y universal aplauso el inimitable Cervantes.

Baste pues para hacer la apología de estas fiestas segun se verificaban en la edad media, saber que no fueron reputadas por los concilios como sangrientas; que eran esclusivamente propias de la grandeza; que se consideraban como el acto mas á propósito para hacer alarde los caballeros de su valor y destreza; que las damas las favorecian constantemente con su asistencia, y se envanecian y vanagloriaban cuando el caballero que era dueño de su corazon se distinguia entre los demas; que á pesar de ir decayendo el gusto caballeresco y los espectáculos en que mas relucia, el de los toros seguia verificándose con la misma pompa y general aplauso que en los tiempos anteriores se celebraran los demas; que fue el único que ocupó últimamente la clase distinguida, y que no hubiera probablemente decaido de este grado de esplendor si, como ya hemos dicho en la parte histórica, no hubiera Felipe V mostrado aversion hácia él, y si la nobleza, que se amolda siempre á los gustos y aun á los caprichos de los soberanos, hubiera conservado su carácter primitivo.

Si no fuera por temor de esceder los límites propuestos, nos estenderiamos sobre una multitud de objetos de los que se puede sacar un sin número de razones en apoyo de las fiestas de toros. Pero desentendiéndonos ya de todo lo que pertenece á los tiempos anteriores, examinaremos el espectáculo segun se halla en el dia, deteniéndonos como es indispensable en esta época para hacer patentes las razones que lo apoyan.

El pueblo español ha perdido todos los espectáculos que en otro tiempo hicieron su recreo. La afinacion progresiva del gusto ha hecho olvidar las justas y los torneos; apenas hay memoria de los fuegos de artificio, las máscaras han sufrido enérgicas prohibiciones, las romerías, los juegos escénicos, las danzas de espadas se han olvidado casi del todo, y la parte mas considerable de la nacion, que es la que se alimenta del trabajo diario, no tiene una sola ocasion al año en que pueda proporcionarse algunas horas de apetecida diversion con el ahorro de sus fatigas. Volvamos los ojos hácia esta numerosa porcion del estado, y no podrá menos que lastimarnos su infelicidad. Vagando triste y silenciosamente por las calles y plazas de su infeliz aldea pasan el dia que destinan al reposo; el tedio los persigue, y la taciturna ociosidad de semejantes dias se los hace aborrecibles; si quieren sacudir este fastidio no tienen mas recurso que la taberna, donde solo hallan pendencias y disgustos en vez de la paz y la alegría.