Aunque tuviesen inmediata alguna ciudad en que hubiese teatro no conseguirian distraerse y dilatar su ánimo: la educacion y género de vida en que se han criado les vedan los placeres que exigen para percibirse otro gusto y delicado tacto. Ellos necesitan diversiones que hieran vivamente los sentidos, y en que se mueva el ánimo mas por la parte puramente óptica ó de perspectiva que por la intelectual; mas claro, les entusiasma ver hechos grandes, sorprendentes, que exigen mucho valor y habilidad; pero no puede escitarles lo sublime de los afectos, lo correcto del estilo, lo fluido y sonoro de la versificacion, ni las demas bellezas que no pueden percibirse sino por los que esten adornados con una educacion y conocimientos no vulgares. ¿Qué espectáculos pues daremos á esta apreciable y laboriosa parte de la nacion? ¿La dejaremos limitada á los reducidos bailes dominicales que solo se ven en algunas provincias, y que en manera alguna merecen el nombre de tales? “Creer que los pueblos puedan ser felices sin diversiones, dice Jovellanos, es un absurdo. Creer que las necesitan y negárselas, es una inconsecuencia tan absurda como peligrosa. Darles diversiones y prescindir de la influencia que puedan tener en sus ideas y costumbres, sería una indolencia harto mas absurda, cruel y peligrosa, que aquella inconsecuencia. Resulta pues que el establecimiento y arreglo de las diversiones públicas será uno de los primeros objetos de toda buena política.” La autoridad de un hombre tan respetable por todos títulos como el autor que citamos basta por sí para decidir sobre la necesidad que tienen los pueblos de un espectáculo acomodado á su genio, y cuyas bellezas no necesiten para comprenderse los esfuerzos de la imaginacion, sino que baste asistir á él para gozar y recrearse.
Este espectáculo será por tanto el mas estendido, hará la holganza de todo el reino, y se podrá llamar por consiguiente la diversion nacional. Se reunirán en su recinto el letrado, el militar, el artista, el marinero, el comerciante, el labrador, todas las clases, por último, todos los sexos y edades; pero ¿á todos podrá ser inocente ó provechoso un mismo espectáculo? ¿De qué clase deberá ser su índole? Es evidente que no puede ser igual el efecto que una sola cosa, sea de la clase que quiera, produzca en individuos tan diferentes en gustos y ocupaciones, y tambien lo es que para fijar el carácter de la diversion nacional debe atenderse principal y casi esclusivamente al espíritu que anima la inmensa mayoría de los concurrentes. Ahora bien, á esta diversion, sea la que fuere, que hemos llamado nacional, concurrirá una corta porcion de personas de instruccion y carrera, y constituirá la mayoría la masa, digamos asi, de la nacion. Hemos dicho que concurrirá una corta porcion de aquellos hombres cuyos conocimientos los hacen influir tanto en la fuerza moral de las naciones, porque ellos estan en una proporcion muy pequeña con respecto á la multitud de los demas habitantes, que son los que constituyen la fuerza física, y por consiguiente á estos últimos debemos tener presente en la eleccion de espectáculos. ¿Y les ofreceremos por ventura aquella porcion de piezas dramáticas que ocuparon el teatro en el siglo de su prostitucion? ¿Les dejaremos aficionarse á este género de diversion en que no hay nada que deje de ser lúbrico, malicioso, indecente y chabacano? Entre presentarles un teatro selecto, modelo de bellas letras, y cuyo lenguaje no entienda, ó un teatro vil, grosero, en que se le ofrezcan los mas peligrosos ejemplos adornados con el atractivo de la ilusion escénica y con las dulzuras hechiceras del canto y de la poesía, no hay medio que escoja la razon. Pero aun suponiendo que fuese el pueblo capaz de comprender y aficionarse á las bellezas de un teatro clásico, escogido, ¿sería esto un bien, ó un mal? Esta cuestion es muy delicada, y se necesita mucha madurez y detencion para decidir en ella con acierto; pero si atendemos al influjo que tienen las diversiones en las costumbres de los pueblos, y á la necesidad que hay de que esten en relacion y armonía con la ocupacion y el género, de ventajas que la sociedad debe prometerse de la clase de que se juzguen peculiares, se conocerá bien pronto la índole de las que deben hacer las delicias del pueblo trabajador. La historia ofrece entre otros varios un ejemplo colosal de lo perjudicial que puede ser á un pueblo generalizar en todas las clases hasta el estremo una misma y sola aficion. Despues de haber sostenido Atenas por algunos siglos una serie de guerras, ya con los pueblos estraños, ya entre los suyos propios, aniquilado su valor y agotados sus recursos, empezó á disfrutar de una paz poco ventajosa, y que habia comprado á costa de su antigua prepotencia. Desembarazados los atenienses de las ocupaciones marciales, se dedicaron con ardor al cultivo de las letras, y en breve cobraron por su saber nuevo nombre y prestigio, colocándose nuevamente á la cabeza hasta de los mismos por quienes poco antes habian sido derrotados. Lisonjeados por las ventajas conseguidas bajo el pendon de Minerva, se generalizó el gusto á las letras de tal modo, que las academias, los liceos, los teatros, á pesar de haber gran número, no bastaban á recibir la multitud que á ellos acudia, y las plazas públicas llegaron á convertirse en aulas de ciencia universal. Pero esta popularidad de la sabiduría, lejos de ser ventajosa á las ciencias, fue muy perjudicial; empezó á viciarse el gusto, y las sutilezas escolásticas, perpetuadas por desgracia hasta nuestros dias, mudaron el amor á la verdad, única base del saber, en amor á las disputas y juegos de palabras, fecundos manantiales de ignorancia y embolismo. Empezaron á fomentarse las sectas mas ridículas, á propagarse las opiniones mas estravagantes, á odiarse los que seguian diverso rumbo en su filosófica presuncion, y á manifestarse, en fin, todos los elementos que tienden visiblemente á la destruccion de los pueblos. El pueblo de Atenas, tomando en su verdadera acepcion aquella voz, dejó de ser sabio, y como ya habia dejado de ser guerrero, se encontró sin recursos que oponer á la ambicion romana, y dobló vil y cobardemente la cerviz. Si hubiera conservado espectáculos á propósito para mantener entre la multitud las ideas de gloria y valor, y hubiera al mismo tiempo creado las academias para un corto número, pues tal debe ser y es efectivamente la proporcion entre el caudillo y los soldados, entre el sabio y los ignorantes, hubiera tenido para contrastar á los romanos todos los elementos con que puede contar un pueblo para sostener su independencia.
Apenas se hallará cosa que tenga mas influencia sobre las costumbres de los hombres que las diversiones en que ocupan las horas de recreo, porque son una parte muy esencial de la educacion del pueblo, y por tanto no puede ser que dejen de modificar en bien ó en mal su índole y su condicion. Debe ofrecerse al pueblo trabajador una clase de espectáculos que lo divierta sin fatigar su ruda imaginacion, y sin que estorbe en manera alguna el orden de sus ideas. Se debe huir de presentar á su consideracion imágenes tiernas, lascivas, y todas aquellas situaciones seductoras en que la malicia y la sensualidad se demuestran con el mas vivo y agradable colorido. Semejantes objetos no solo perjudican la moral, sino que atacan directamente los cimientos de la pública felicidad, porque presentan al miserable jornalero un punto de comparacion que hace contrastar los trabajos de su clase, y que podria ser orígen de su aburrimiento y desesperacion. Pero tampoco huyendo este estremo debemos caer en el de embrutecerlo y endurecer su corazon, familiarizándolo con la sangre de sus iguales. Debe buscarse un espectáculo en que se escite un laudable deseo de ser fuerte y valeroso, pero no inhumano y sanguinario; en que no se cimente el triunfo y la gloria en el vencimiento ó la muerte de otro hombre, sino en el de una fiera atrevida y poderosa; en que no haya odiosidad directa y personal que haga mas sangrienta la venganza, sino emulacion y fraternidad que aseguren el triunfo y el aplauso. Un espectáculo semejante conviene sin duda al pueblo en su totalidad, porque de él no solo han de salir los soldados que deben sostener y asegurar la tranquilidad de los pueblos y la independencia del pais, sino todas las demas clases activas que necesitan fuerza y valor para el desempeño de sus respectivas obligaciones; y estas clases deben estar acostumbradas á vencer y arrostrar los peligros hasta en sus juegos y pasatiempos, pero de ninguna manera deben ni pueden estar adornados de los conocimientos que fomenta el teatro. No podria sostenerse el edificio social sino hubiera entre los que componen los pueblos esta diversidad de instruccion y de ocupaciones que son las que mantienen la armonía y permanencia de los lazos que tan estrechamente los ligan. Los unos deben mandar, dirigir; los otros obedecer, ejecutar; aquellos necesitan estudios, ciencias; estos valor, fuerzas. De otro modo la ignorancia enmascarada con la apariencia del saber, y alegando un derecho que está en contradiccion con los mismos principios en que se apoya, intentará manejar los grandes negocios y ser el árbitro de la soberanía; se creerian todos con iguales méritos, se desplomaria la sociedad, y quedarian sepultados entre sus escombros los vanos proyectos de realizar un pueblo que solo puede existir en imaginaciones acaloradas; esto es, un pueblo de sabios. Florezcan en las capitales todos los monumentos que acrediten el grado de perfeccion en que se hallan los conocimientos humanos, haya academias y sociedades, conservatorios y museos, y tengan los sabios cuanto conduzca á su perfeccion. La clase media en instruccion encuentre en la escena las bellezas de la poesía, los encantos de la música, y los graciosos ademanes de Terpsícore; pero dejemos á la clase inferior un espectáculo propio suyo, y no porque las demas gocen de todas las comodidades de la vida, olvidemos esta numerosa porcion de la sociedad. Hay una clase de fiestas muy á propósito para llenar todos sus deseos, que reune los requisitos que hemos visto deben tener sus pasatiempos, y cuyos atractivos son por otra parte tan poderosos, que lejos de chocar con las ideas de las otras clases de la sociedad, volarán todas á presenciarlas. Vamos á examinar en pocos renglones si la lidia de toros se encuentra en el caso que decimos.
De cuanto hemos dicho se deduce que el espectáculo que haya de ofrecerse al pueblo debe influir en su ánimo de modo que le comunique energía, valor, y deseo de hacerse memorable por sus hazañas, pero sin viciarlo ni hacerlo sediento de sangre humana. La lidia de toros llena completamente ambos objetos. Es el suyo burlar á una fiera altiva y poderosa, y hacerla espirar á los pies del lidiador. Pero no es una lucha como las que en tiempo de los romanos entablaban los infelices á quienes condenaban á morir devorados por una fiera, y que deseosos de alcanzar la libertad, que solian concederles cuando la vencian, se empeñaban en un combate horroroso, con el que solo conseguian prolongar la muerte y hacerla doblemente dolorosa. En los toros se ve volar á la fiera sin poder apoderarse de él en derredor del torero, que con la serenidad que le infunden su conocimiento y su ligereza, mira hasta con lástima al corpulento bruto afanarse y correr en vano hasta encontrar, cuando cree mas seguro el triunfo, su perdicion y su muerte. No es un brutal arrojo el que arrastra al cerco al lidiador, sino un valor racional con que se presenta á la fiera, porque sabe el modo seguro de hacer inútil su saña y de eludir sus intentos. No es su agitacion aquella que trastornaba al gladiador cuando encerrado en el anfiteatro se le abrian mil puertas para el sepulcro, y un resquicio apenas para tornar á la vida: es una mezcla del gozo que anticipadamente se le viene á la imaginacion por su victoria, y de los temores que le asaltan de no llenar cumplidamente sus deberes y sus deseos. Pero la idea del peligro ni aun lejano no aparece jamas en la mente del buen torero, que sabe bien que no hay lance para el que no tenga seguro recurso, y regla segura para practicarlo. Ni en él se le ofrece al espectador aquella imponente y aterradora figura del atleta cuya sola presencia estremecia, sino la mas elegante y gallarda que imaginarse puede. Adornado con telas de seda bordadas de oro y plata, elige para su vestido la hechura que se amolda mejor á la configuracion de su cuerpo, y sus varoniles y escelsas formas lucen tanto mas cuanto ciñe mas su ropage.
En este espectáculo admira y discurre el filósofo la escelencia del hombre, que desde la desnudez é ignorancia primitivas, ha sabido alzarse con el influjo del mundo y sacrificar á su antojo y diversion las bestias mas poderosas. El naturalista observa las alteraciones que el cuidado y el estado de domesticidad han producido en el caballo y el toro, y cuanto los desvia de su primitivo modo de ser y de obrar. El político conoce con cuán poco se contenta y distrae al pueblo laborioso, y aprecia dentro de sí el efecto que el espectáculo hace en el carácter de la multitud. El matemático vislumbra la posibilidad de reducir el toreo á demostraciones, porque considera en el toro un cuerpo que se mueve con direccion y velocidad conocidas, y en el torero todos los medios para variar la primera y acelerar ó retardar la segunda. El economista ve en el consumo de toros y caballos uno de los elementos que mas influyen en el fomento de la cria del ganado vacuno y caballar. El viajero admira un espectáculo tan grandioso, tan magnífico; aquella mezcla de trages y colores, y aquel murmullo y vocerío y contínuo movimiento lo entretienen y embelesan, y cuando suena el timbal, sale el toro con aspecto amenazador, y ve á los toreros burlarlo risueños de mil maneras, llega al colmo su admiracion, y prorumpe en aplausos y aclamaciones. Todas las clases, todos los sexos, todas las edades y condiciones de la vida concurren á él, se enagenan y se olvidan de sus penas. Inútiles serian nuestros esfuerzos para hacer concebir lo grande, lo bello de tales fiestas al que no las hubiese presenciado.
Sin embargo, la lidia de toros esperimenta continuamente las mas severas censuras y las acusaciones mas escandalosas, y no satisfariamos el deber que nos hemos impuesto sino las refutásemos completamente.
Hemos manifestado ya que los pueblos necesitan diversiones, y que deben ser de las que hablen mas á los sentidos que al entendimiento, y hemos manifestado igualmente que las pasiones que deben inspirarles han de ser heróicas y varoniles sin que rayen en barbarie ó ferocidad. Las lidias de toros satisfacen como hemos visto ambos estremos; pero dicen sin embargo sus detractores que son bárbaras, inmorales, sangrientas, perjudiciales á la agricultura, al estado, á las artes, á la industria y á la humanidad. ¿Hay mas de que acusar á este espectáculo? Cuanto mas lo humillen con sus fútiles sofismas, tanto mas completo y glorioso será su triunfo.
Son bárbaras, dicen, las corridas de toros; ¿y por qué? preguntamos. ¿Es acaso porque en ellas luchen los hombres cuerpo á cuerpo con una fiera? ¿Qué se dirá entonces de la caza de montería? Si es barbaridad lidiar á un toro cuya sencillez es tan conocida, y para lo cual hay reglas tan seguras, ¿no será bárbaro y hasta brutal internarse en los bosques ó en lo quebrado de un monte persiguiendo fieras mucho mas astutas y carniceras que el toro, sin que sean menos poderosas? La diferencia que hay entre el cerco despejado, diáfano, igual, y el monte sombrío, cubierto de maleza; entre el javalí que se mete por el cuchillo á trueque de dar la dentellada, y el toro que embiste ostigado y se le separa con un lienzo; entre la seguridad que da el arte del toreo, y los riesgos para que no sirven los ardides de la caza; entre el pronto y eficaz socorro que tiene el torero rodeado siempre de defensores, y la soledad y desamparo en que frecuentemente se halla el cazador, pueden servir para apreciar cuanto tiene de mas espuesto la caza de montería, y no vemos sin embargo que se le acuse de barbaridad.
Se pasan años sin que una sola gota de sangre humana manche la arena de las plazas de toros, y se pasarian siglos si estuviese esta diversion bajo el pie que debe ponerse, y que indicaremos en su lugar; mientras que apenas sale al monte una batida sin que haya un contuso, un herido, ó acaso un muerto. El hijo del famoso don Pelayo, que fue muy dado á esta aficion, sabemos que murió á manos de un oso en los montes de Cangas; y pudieramos citar muchos mas de quienes da cuenta la historia, las crónicas y otros escritos.
Ademas que sería bárbara la lidia de toros, si fuera inherente á ella ver sucumbir ó padecer al hombre por carecer de recursos para librarse del toro; pero como el fin de las lidias es burlar al toro sin riesgo del torero, que para conseguir su objeto tiene un arte que le da reglas tan seguras como puede inferirse de las bases en que se apoyan, á saber, las inclinaciones particulares de las diferentes clases de toros, que conocidas distintamente y confirmadas por la esperiencia de muchos años, suministran los elementos de la mas rigorosa exactitud, es evidente que no tiene lugar la acusacion, ni respecto al objeto de las lidias, ni á los medios de conseguirlo: el objeto, burlar una fiera; los medios, un arte seguro, cierto. Para que faltasen sus reglas dejaria antes de ser noble y magnánimo el leon, feroz y sanguinario el tigre, pacífica y mansa la oveja, amorosa la paloma, amigo fiel el perro. Si son eternas, invariables, las determinaciones instintivas de los animales que la esperiencia nos ha dado á conocer, serán tambien invariables, exactas, todas las reglas que de ellas rigorosamente se dedujeren. ¿De dónde pues los fundamentos para apellidar bárbaro al espectáculo? Si no los hay en su objeto, si no los hay en los medios de conseguir este objeto, ¿los habrá tal vez en sus accidentes? Veamos. La muerte de los toreros que han perecido en las plazas es sin duda el apoyo de la acusacion; pero ¡qué impotente! ¡qué modo tan caduco de raciocinar! ¡con cuánta razon podriamos abusando del raciocinio, y silogizando con tan poca lógica, calificar de bárbaro el oficio de minero, de buso, de volatin, de plomero, de polvorista, de albañil, de... Nunca acabariamos de enumerar todos los oficios en que encontró el hombre mas ó menos veces la muerte, pero sí podemos asegurar, que cualquiera de los referidos cuenta mas víctimas que el toreo, pues los volatines con particularidad llevan en un corto número de años mas hombres al sepulcro que los toros en un siglo, y esto sin contar los que se lisian todos los dias en las escuelas de gimnástica y en los ejercicios preparatorios de su profesion. El hundimiento de la mina de mercurio de Guancavélica redujo repentinamente á polvo mas hombres que pueden herir los toros mientras dure el mundo. El busear, y aun la simple accion de nadar, matan todos los años por solo bañarse un número crecido de gentes. Y no se nos diga que lo útil ó necesario de estos oficios hace que se desprecien sus riesgos, pues esta razon pone en nuestras manos las mas concluyentes pruebas. Si la sociedad reporta ventajas de estos oficios, ya hemos visto cuántas y cuán grandes las reportan los pueblos de las corridas de toros; y la utilidad personal que obliga al albañil, por ejemplo, á fiar su vida á una ruinosa almena, no es mayor ni tiene prestigios mas seductores que la que obliga al torero á presentarse en el cerco de donde recoge el precio de su trabajo y los aplausos de la multitud.