¿Por qué, pues, siendo ignorantes yo y tú, pues tú mismo eres ignorante y máxima la ignorancia de las palabras, llamas, sin embargo, sutil a la ciencia y la hinches con fárrago oscuro y mayor ignorancia?
Para que aparezca sabio, dirás. Pero acontece al revés: pues, mientras pones en solfa artificios y ridiculeces, predicas, en tanto, que sabes mucho. Yo me confieso del todo ignorante y sorprendido de que no sepas que nada sabes. Porque si lo sabes, al decir que sabes muchas cosas, eres engañador y mentiroso. En vano busqué afanosamente un filósofo sincero que diga con certidumbre si sabe perfectamente alguna cosa; nunca lo hallé, aparte de aquel sabio y austero varón Sócrates (aunque los llamados pirrónicos, académicos y escépticos lo afirmasen también con Favorino), el cual sabía esto solo: que nada sabía. Por sólo decir tal, yo le juzgo doctísimo; aunque ni aun así me satisfizo totalmente pues, en rigor, ignoraba esto como todo lo demás. Sin embargo, para afirmar mejor que nada sabía, dijo que sabía aquello solo. Tal vez por eso, no sabiendo cosa alguna, nada quiso escribir.
Esto me vino siempre a la mente. ¿Qué diré yo que no sea sospechoso de falsedad? Pues todas las cosas humanas me son sospechosas, y esto mismo que escribo ahora, también.
No callaré, sin embargo; al menos diré libremente que yo nada sé; ni tú tampoco trabajes en vano, lector, inquiriendo la verdad, esperando que alguna vez podrás poseerla claramente. Y si después investigare con los demás algo de lo que hay en la naturaleza, ni aun de tales investigaciones me curo; pues todo es vanidad, como dijo aquel sapientísimo Salomón, el más docto que recordamos de los que nos dieron los pasados siglos; lo cual demuestran claramente sus obras, entre las cuales ocupa el primer lugar aquel áureo libro llamado Eclesiastés.
Pero volvamos a la ciencia.
¿Qué movió a Aristóteles a disertar tantas y tan hondas cosas de la contextura de las palabras; qué a fingir aquellos universales? Si podemos saber alguna cosa sin todo esto, lo mostraré más abajo, donde hablaré del modo de saber.
Mientras tanto, de Aristóteles no hay ciencia alguna.
Velo: la ciencia se obtiene por demostración. ¿Qué es eso? Un sueño de Aristóteles no desemejante al repúblico de Platón, al orador de Cicerón, al poeta de Horacio. No hay ciencia en parte alguna. Escribió aquél con bastante prolija prosa, y nunca dió ciencia, ni después de él la dió nadie. Al menos, dala tú y envíamela. No la tienes, lo sé; Aristóteles mismo no formó jamás otro silogismo, sino cuando enseñó a los demás a formarlos; y entonces, no con los términos que significan, sino con los elementos a b c, y ello todavía con mucha dificultad. Y si hubiese usado de términos justificativos, jamás hubiese terminado la obra. ¿Para qué, pues, sirven éstos? ¿Por qué trabajó tanto en enseñarlos? ¿Por qué después de él se esfuerzan todavía los demás?
Escribiendo no usamos de ellos ni él tampoco. Con silogismos nunca se engendró ciencia alguna, antes se perdieron muchas y se turbaron por su causa. Arguyendo y disputando, contentos con la simple consecuencia, todavía usamos menos de ellos, pues de otra suerte nunca tendría fin la disputa y siempre se había de pugnar sobre reducir el silogismo a modo y figura, convirtiéndolo en otras copiosas bagatelas; y hay infinitos necios que hacen hoy así y niegan cuanto no es puesto en modo y figura; tanta es la estupidez humana y tanta la agudeza y utilidad de esta ciencia silogística, que, olvidadas totalmente las cosas, se meten en tinieblas.
De donde es de admirar al, por otro lado, agudo Averroes, y después de él muchos, los cuales quisieron mostrar en todas partes que son infalibles, certísimos y demostrativos los silogismos. ¡Con cuanto trabajo se esforzó en reducir Aristóteles las cosas que dijo, a tales moldes, cuando nada hay más extraño a ellas, según después mostraré!