Por la cual razón, nuestras ciencias son ya infinitas, ya totalmente dudosas.
En alguna parte, dices, nos hemos de parar en las cuestiones. Es verdad, porque no podemos otra cosa.
***
Pero no sé lo que es conocimiento; defínemelo.
Yo diría la comprensión de la cosa, la perfección, la intelección, y algo más que signifique lo mismo.
Si dudas todavía de esto, callaré; pero te exigiré a ti otra cosa; si lo concedieres, dudaré de lo tuyo, y así padeceremos perpetua ignorancia.
¿Qué queda? Un recurso extremo; piensa tú por ti mismo.
¿Pensaste? ¿Por ventura aprehendiste con la mente el conocimiento? Así lo crees. A mí también me parece que comprendí.
¿Qué de ahí? Mientras hablo después contigo del conocimiento, cual lo comprendí tal lo propongo; tú, al contrario, cual lo entendiste tú. Esto afirmo yo que es; tú, afirmas otra cosa.
¿Quién compondrá el pleito? Quien se conozca a sí mismo verdaderamente. Y ¿quién es el tal? Nadie. Cada uno se parece a sí doctísimo; a mí, todos ignorantes. Tal vez sea yo solo el ignorante; a lo menos, quisiera saber esto; y ni esto siquiera sé. ¿Qué diré, pues, en adelante que carezca de sospecha de ignorancia?