Hay también palabras que por semejanza imitan los sonidos, las voces de aquellas cosas que significan, y, por ende, llámanse onomatopeicas, como el cacarear de las gallinas, el graznar de los cuervos, el rugir de los leones, el balar de las ovejas, el ladrar de los perros, el relinchar de los caballos, el mugir de los bueyes, el gruñir de los puercos, el roncar de los que duermen, el susurro de las aguas, el silbido, el tañido, el clangor de las campanas y clarines. (Baubantem est timidi pertimuisse canem.) Es del tímido temer al perro que ladra; y aquello otro: (Et tuba terribili sonitu taratantara dixit.) Y la trompeta con terrible sonido dijo taratantara; y también: (Quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum.) Con cuádruple sonido hiere con sus patas el polvoroso campo.
Y tampoco en esto hay alguna demostración de la naturaleza de aquellas cosas que significan, sino semejanza de sonidos.
Menos todavía debe buscarse derivación en todas las palabras; pues de otra suerte iríase a lo infinito.
Pero fuimos más lejos de lo que había pensado.
Vuelvo atrás.
Variedades humanas.
¡Cuánta variedad de los hombres aun en la misma especie!
En unas partes son de cortísima estatura, los pigmeos; en otras, de gran talla, los gigantes; unos andan totalmente desnudos; otros vellosos y cubiertos de pieles en todo el cuerpo; los hay faltos totalmente de palabra, que viven en las selvas como las fieras, se refugian en cavernas o se establecen en los árboles a modo de aves, y si logran alguna vez arrebatar a nuestros hombres, los devoran con gran placer; los hay que descuidados totalmente de Dios y de la religión lo tienen todo común, inclusos los hijos y las mujeres: vagan y no tienen asiento fijo. Al contrario, otros, esclavos de Dios y de la religión, derraman intrépidamente la sangre por la caridad y la fe.
Cada cual quiere tener ciudad propia, casa, mujer y familia, y, habidas, las defienden hasta la muerte; unos, después de la muerte son entregados al fuego o a la tierra con los amigos vivos, las mujeres y el ajuar; otros, no curando de cosa alguna de éstas, quedan insepultos; hay quien permite que le despedacen vivo y le dividan en partes, y lo procura; hay quien cree que a todo trance ha de huir la muerte.
No acabaríamos, si quisiéramos narrar todas las costumbres de los hombres.