¿Atribuyes tú a todos ellos la misma condición que a nosotros? A mí no me parece verosímil que sean iguales. Sin embargo, nada sabemos ni tú ni yo.

Negarás, por ventura, que algunos de los tales sean hombres.

No lo disputaré; así lo acepté de otros; de ellos están llenos los libros de los antiguos y de los modernos, y no parece imposible; y aun, por ventura, los hay más diversos aún de nosotros en alguna parte del mundo no descubierta todavía, o los hubo o los habrá. Pues, ¿quién puede decir algo cierto de todo lo que fué o es o será?

Decías ayer con tu perfecta ciencia, y aun desde muchos siglos se dijo, que toda la tierra era rodeada por el océano, y la dividías en tres partes universales: Asia, África, Europa. Ahora, ¿qué dirás? Ha sido hallado un nuevo mundo, nuevas cosas en la nueva España, en las Indias occidentales y orientales.

Decías también que las tierras meridionales y puestas debajo del Ecuador eran inhabitables por el calor, y que las situadas debajo de los Polos y en las zonas extremas, por el frío. Ya prueba la experiencia que ambas cosas son falsas.

Construye otra ciencia, pues la ciencia de ayer es ya un montón de dislates.

¿Cómo afirmas, pues, que son eternas e incorruptibles, y que no pueden ser de otra manera tus proposiciones, miserable gusano, que apenas sabes qué eres, de dónde vienes ni adónde vas?

De las otras especies, ya de animales, ya de plantas, según la diversa situación del orbe, puede decirse lo mismo; pues en las diversas tierras y mares del mundo hay tanta muchedumbre de especies, que parecen distintas y lo son. Nada, sin embargo, se sabe, puesto que no conocemos las formas de unas y otras cosas, por las cuales se distinguen.

Añade que, para mayor ignorancia nuestra, nos esta vedado el acceso de algunas cosas o por el espacio o por el tiempo, y ellas son la mayor parte. De ahí, que haya gran duda de aquellas cosas que se hacen y son en el mar, en las entrañas de la tierra, en las alturas atmosféricas y, finalmente, en los más elevados cuerpos.

Y no sin razón, pues todo conocimiento procede del sentido; por el cual, como no puedan ser percibidas aquellas cosas, tampoco pueden saberse, y mucho menos que las que están con nosotros, pues de éstas no dudamos que sean, mas de muchas de aquéllas hay variedad de opiniones, y ni aun se sabe que existan ni la razón fuerza a ello, antes, a veces, dice lo contrario.