La variedad de las cosas, la forma múltiple, la figura, la cantidad, las acciones y tantos y tan diversos usos, de tal manera atan la mente, o mejor, la distraen, que no puede preferir o sentir algo con seguridad, sin que sea sitiada por otra parte y forzada a abandonar su opinión; y así, variando de aquí y de allí, nunca está quieta.
Si afirma que la blancura (y baste traer ejemplo de los colores) la hace el calor, te contradirán la nieve, el hielo, los alemanes; si el frío, la ceniza, la cal, el yeso y los huesos calcinados; si la humedad, estas cosas; si la sequía, aquéllas.
Acerca de la negrura ocurren otras tantas dudas.
¿Y de los colores medios? ¿Qué temperatura les señalarás?
Y aun las cosas extremas parece que tienen causa manifiesta, como la nieve, el frío, la ceniza, el calor, porque ambas cosas las aprehendemos con los sentidos.
Pero ¿qué dirás de los animales manchados, la pantera, el leopardo, el perro y otros semejantes? ¿Qué de las hierbas, el dragoncillo, el cardo plateado, el trébol multicolor? ¿Qué de las flores de la betónica comestible y de las variedades de violetas? ¿Qué de los guisantes turcos? ¿Qué de las aves, del pavo real, del papagayo?
¿Señalarás, por ventura, diversas temperaturas al pavo, a las flores multicolores, al leopardo, en la misma pluma, en la misma flor, en el mismo pelo?
Y los colores son permanentes.
¿Qué dirás del iris, de la paloma variada, del vidrio lleno de agua y del otro sin agua, que por la diversa exposición al sol o por la varia posición del observador dan tan varios colores?
Con razón te quedarás mudo, como yo también.