Se desprecia la doctrina, y las togas ceden a las armas, las lenguas se subordinan a la gloria. Los pensadores son despreciados. ¿Por qué, pues, nos consumimos? No lo sé; así lo quieren los hados.

Dió Dios a los hijos de los hombres esta ocupación pésima para que se ocupasen en ella. Hizo todos los bienes en su tiempo y entregó el mundo a las disputas de ellos para que no halle el hombre la obra que obró Dios desde el principio al fin.

No parece tampoco desemejante la misma filosofía (volviendo allá de donde nos habíamos apartado) a la Hidra Lernea, que venció Hércules. Mas a la nuestra no hay quien la venza. Cortada una cabeza, emergen cien otras más feroces. Pues falta el fuego de la mente, que conociendo perfectamente una cosa quite a las demás dificultades la ocasión de pulular.

Concluyamos.

El conocimiento
y los sentidos.

Todo conocimiento trae su origen del sentido. Fuera de éste todo es confusión, duda, perplejidad, adivinación; nada cierto.

El sentido sólo ve lo exterior, pero no lo conoce. Ahora llamo sentido al ojo.

La mente considera las cosas recibidas de los sentidos. Si éstos se engañan, también aquélla; y si no ¿qué se consigue? Sólo considera las imágenes de las cosas, que admitió el ojo; la mente las mira por todas partes, las vuelve, preguntando ¿qué es esto, de qué procede tal cosa, por qué?

¿No significa esto, por ventura, la fábula antigua en que, invitando a comer la grulla a la zorra, ofrecióle una vasija de cristal de boca estrecha llena de puches, a la cual aplicando la zorra lengua y boca, pensaba en vano coger algo de la pitanza que veía?

De la misma manera engañó Zeusis a las aves con uvas pintadas, cuando aplicando el pico para comerlas, chocaban el pico contra la tabla. Y Parrasio engañó a un pintor con un velo tan primorosamente dibujado que parecía verdadero; de suerte que el rival, ensoberbecido como si hubiese vencido, y ansioso de ver la pintura que creía cubierta con un velo, aplicó la mano a la tabla para descorrer el velo y tropezó con la tabla.