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Pero dirás acaso: ¿Qué? ¿Quieres que, como si fueras un dios, aceptemos por cosa confirmada sin razón y sin prueba, cuanto dijeres, y más en detrimento de cosas que están todavía muy firmes y como en altares en las casas de los doctos?

No pretendo tal: sólo aspiro a abrir los ojos y el entendimiento a la incauta juventud y desbrozar los caminos de la libre y ancha Naturaleza.

¿Qué hará, si no, el mozo mal experimentado que al asomarse al campo de la Ciencia sólo ve en él zarzas y ortigas, dificultades y estorbos? Pues enredarse en ellas como les sucedió antes, a su vez, a sus maestros y preceptores, y, a espaldas de la hermosa realidad, amontonar libros y libros, hacer perpetuos los sofismas y eternas las ignorancias...

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Pero supón a un estudiante de buena fe que apoyado en su solo juicio, luego de haber aprendido largo tiempo en las aulas y visto tanta diversidad de opiniones, quiere sentenciar por sí mismo. ¿En cuánto riesgo no se hallará? ¿Cómo encarecer las dificultades y peligros de considerar escrupulosamente y sin ayuda ajena todas las cosas puestas en pleito en las lides científicas?

De aquí nueva multitud de errores, de divergencias y disputas, de interpretaciones falsas, de retrocesos inútiles; de aquí el dar por flamantes novedades las cosas más añejas y sabidas, el oponer un dogma a otro dogma, el sentenciar contra los pareceres ajenos, más por ser ajenos que por ser erróneos, y, finalmente, el alejarse cada vez más de la directa inspección de los objetos en litigio.

¿Qué hacer, pues, si los viciosos métodos de enseñanza, los abusos de la autoridad, el ciego empeño de buscar la ciencia en los libros, la tentación de convertir la especulación intelectual en granjería, el triste espectáculo de las disputas ociosas, de las opiniones apasionadas y hostiles, no se remedian con el solo y libre juicio individual?

Conclusión. Los únicos criterios de la Ciencia:
el experimento y la crítica.

El que quiera saber algo no tiene más camino que contemplar las cosas en sí mismas.