Pero ¿ello es fácil? Nada tan penoso, nada tan ambiguo, nada tan lleno de confusión e incertidumbre.

Viste ya cuánta diversidad hay en las cosas, qué de mudanzas y vaivenes; cuánto de inaccesible y amargo para el que aspira a la Ciencia. ¿Qué no sucederá cuando pretendamos acercarnos a las cosas mismas?

Ni es posible, dados los límites en que se mueve el conocimiento humano, la contemplación directa de las cosas.

Con todo: hay dos medios subsidiarios que no suministran ciencia perfecta, pero que, en suma, algo perciben y algo enseñan: son la experiencia y el juicio. Pero no separados jamás, sino en íntimo enlace y unión, como demostraré en otro libro. Los experimentos son muchas veces falaces y siempre difíciles, y hasta cuando llegan a la perfección nunca nos muestran más que los accidentes extrínsecos, jamás las naturalezas de las cosas. El juicio recae sobre los resultados del experimento, y por consiguiente no traspasa los límites de lo exterior, y aun esto lo discierne de una manera incompleta, sin que sobre las causas pueda pasar de una probable conjetura. Se dirá que nada de esto es ciencia. Pues no hay otra.

Ni aun tales medios subsidiarios pueden ser perfectos en un joven. Pues, omitiendo las dificultades de toda experimentación para el hombre más apto y maduro, ¿qué experiencia puede tener el mozo de pocos años que empieza a cultivar las ciencias en el aula?

Necesario es haber vivido mucho y haber experimentado no pocas cosas para juzgar rectamente, y aun así, como decíamos al principio, pueden estar mal trabados y disconformes los años y las experiencias. De esta suerte, quien hoy opina esto, juzga mañana otra cosa y defiende ahora lo que condenaba ayer.

Nadie, antes de conocer el imán, el pez torpedo, el pez rémora, les hubiese atribuído las virtudes que tienen. Decíamos ha poco que toda atracción proviene del calor, de la sequedad, del miedo al vacío. ¿Qué decir ahora de la electricidad?

¿Habríase nunca imaginado que el veneno añadido al veneno lejos de matar al hombre le serviría de tríaca? Ciertamente que no, pues, por ventura, antes de experimentarlo afirmábase que lo que no hace uno lo hacen dos, a pesar de haber demostrado lo contrario la atroz consorte de Ausonio, que empeñada en matar a su marido lo más rápidamente posible, mezcló mercurio al veneno que le tenía preparado, con lo cual escapó Ausonio de la muerte.

¿Quién hubiese creído tampoco que la cicuta añadida al vino matase más prontamente, sobre todo a los temperamentos biliosos, y tantas otras cosas que la experiencia acredita en contra de lo que parece racional?

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