—Sí, ya me acuerdo—dijo Raskolnikoff después de haberse quedado pensativo y sombrío.

Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre de alta estatura. Su manera de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff.

—¡Zosimoff! ¡Por fin!—gritó alegremente Razumikin.

IV.

El recién venido era un mocetón de veintisiete años, alto y grueso, de rostro un poco abotargado, pálido y afeitado cuidadosamente. Tenía el cabello de color rubio, casi blanco y cortado en forma de cepillo. Usaba lentes y en el índice de su carnosa mano brillaba un grueso anillo de oro. Se comprendía que le gustaba usar cómodos vestidos que no carecían de cierta elegancia. Llevaba un ancho gabán de verano y pantalón claro. La pechera, los puños y cuello eran irreprochables, y brillaba sobre su chaleco pesada cadena de oro. Sus modales tenían algo de lentos y de flemáticos, aunque hacía esfuerzos para darse aire de desenvuelto. Por lo demás, a despecho de su cuidado, se advertía en sus maneras algo de afectación. Cuantos le conocían le encontraban insoportable; pero le tenían en grande estima como médico.

He estado dos veces en tu casa... ¿Lo estás viendo? Ha recobrado ya los sentidos.

—Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos hoy?—preguntó Zosimoff a Raskolnikoff, mirándole atentamente.

Y al mismo tiempo se sentaba en el extremo del sofá, a los pies del enfermo, esforzándose por encontrar un sitio para su enorme persona.

—¡Siempre hipocondríaco!—continuó Razumikin—; hace poco, cuando le hemos mudado de ropa interior, casi se ha echado a llorar.

—Se comprende, lo mismo hubiera sido mudarle luego; no era necesario contrariarle... El pulso es excelente, seguimos con un poco de dolor de cabeza, ¿no es verdad?